Bienvenido, compañero poeta. Bueno, qué quieren que diga. Es poeta, y uno de los más grandes de este tiempo; y es compañero, lo que no hay que explicar, +verdad? En este viaje en que el abuelo Juan y el poeta Gelman vienen de la mano, lo recibimos con todos los acordes y los armónicos que su palabra ha inspirado en nuestros músicos, de Paraskevaídis a Lazaroff (con ese hermoso abrazo a Artigas que es «Ríos»), de Numa a Bonaldi y a Rumbo, todo eso mucho antes de que Gelman se volviera un símbolo en la lucha por el quién, el cómo, el cuándo y el dónde de las desapariciones.
Bienvenido, compañero poeta, insisto. +O mejor digo que trae aire de carpintero, el hombre? Puede que la poesía tenga partes de árbol, y que por eso Juan tomó ese camino: las cortezas en que a veces se esconden las palabras, su necesidad de raíz, la copa abierta a los pajaritos de la metáfora, unas ramas de rara rima o como en los músculos del tronco, la capacidad de estructura. El poder ser, a la vez, molde para la cuna y para el duelo.
Esa escritura capaz de guitarras, de canoas de equilibrio en las corrientes m s locas, de la resistencia de una honda, del clavel del aire que depende. S¡, de madera esta poes¡a llena de riegos y de altares tan bajitos, de inmensidades tan ¡ntimas, de diminutivos tan valientes. +Riegos, dije? +O riesgos, por su audacia de saber hacer fuego aunque se queme?
Y otras preguntas, de otra madera: ¨C¢mo se puede escribir tanta grandeza con una pluma? +Y esa profundidad de rumiante? O esa levedad con la que Juan piensa y cisma, como los paisanos, al recordarse de ma_ana aprobando el sol. +Y ese preguntar aunque a veces nada ni nadie le responda? +Aprendi¢ de hijos en lucha a parir a su madre en la letra de su poema? ¨Capt¢ la ranura de luz que puede nacer de los sombr¡os duelos, en la veta?
La poes¡a de Gelman no se dio cuenta del cambio de siglo porque ya estaba en ‘l hac¡a rato. Lo hermoso cuesta trabajo, es sabido. No s’ si tanto se sabe que en la bosqueda esa hay mucho que perder. Juan supo ser presidente de su conciencia -compa_ero, me corregir¡a ‘l- cuando tanto presidente no la ha tenido -y algunos que se dec¡an compa_eros tampoco, acotar¡a ‘l despu’s, cicatrizando-. El poeta, atravesado por tantos pamperos y corrientes, como el rbol, no crece s¢lo para arriba.
La altura impresiona, pero el nivel del rbol son sus venas, sus oblicuas, sus savias, sus sombras, sus resolanas, sus cantos, como en la poes¡a de este hermano argentino. Estoy dispuesto a admitir que el paralelo del rbol y el poeta es ‘dito, que ya se vio, si ustedes admiten que es posible que al salir podamos encontrar en una plaza a Juan Gelman ramas al viento protegiendo nidos y vuelos y semillas, rbol que se inclina todos los d¡as a tallar un nombre en la tierra. Un nombre -escribe- que no sabe si termina en a o en o, porque la humano no tiene g’nero.
Bienvenido sea el rbol Gelman a esta tierra nuestra, suya.
(Uy/QR-YZ/Pf-Ad/Dh-Vi/ap)
Por Daniel Viglietti
SOLO DIGO JUAN GELMAN
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