Estos días estoy viviendo muy de cerca, en la piel de un buen amigo mío û casi como si fuera yo mismo û, un hecho en la línea de esta verdadera lacra de la sociedad que es la violencia doméstica. Pongo por delante la afirmación de que es una lacra, porque como sé que lo que voy a decir es, como mínimo, espinoso, considero que preciso poner por delante que no trato de hacer un alegato a su favor, o de minimizarlo. Se pueden decir muchas cosas contra este tema, todas importantes y todas ciertas, y de hecho se dicen, pero también creo que ya va siendo hora de no ceder indefinidamente a la indudable comodidad de situarse en el redil de lo ôpolíticamente correctoö y decir algo que creo que se sabe pero no se osa decirlo, precisamente porque determinado grupo de presión ha hecho de ello bandera û digamos que los agresores se la han regalado, no se trata de regatearles la razón que tengan û y no nos acabamos de atrever a ponernos en su poderoso punto de mira. Nada más lejos de mi intención que generalizar, pero si se conocen unos cuantos casos de esa indudable barbarie con suficiente proximidad, uno se da cuenta que en algunos de ellos hay una especie de trasfondo sordo, a modo de un bajo continuo que resuena ominoso, y va y lo dice en voz alta. Entonces es cuando oye comentarios como : «S¡, quiz s s¡; pero entonces, cuando se recurre a la violencia, se pierde toda la raz¢n que se ten¡a». Creo que la idea as¡ expresada es correcta, perfecta casi, pero s¢lo si queda lo suficientemente claro que el que uno pierda la raz¢n que ten¡a, por haber usado herramienta tan impropia como la violencia f¡sica – siempre que se usa el t’rmino violencia es para referirse a esta forma especifica del mal, que no es la onica ni, muchas veces, la m s sangrante -, esto no le otorga autom ticamente la raz¢n al otro sino que, bastantes veces, a partir de aquel momento pasan a estar empatados. El oltimo en ser violento acaba de perder la raz¢n que ten¡a mientras se limitaba a quejarse de la violencia de la que era objeto, veng ndose, recurriendo ‘l tambi’n a alguna forma violenta, devolviendo as¡ mal por mal, y a_adiendo encima el nuevo agravio de tomarse la justicia por su mano. Me parece que as¡ la frase mencionada adquiere todo su sentido y su justa expresi¢n y, de paso, no se deja en el tintero algo que todos los c¢digos penales del mundo civilizado contemplan para todos los delitos, las posibles circunstancias atenuantes, que la «buena conciencia» en general parece haber olvidado cuando se trata de los de esta ¡ndole, y que creo que hay que poner encima de la mesa si se quiere ser justo y no solamente «martillo de herejes».
Creo que har¡a falta ser m s prudente a la hora de hacer carnaza alrededor de estas cuestiones, como la que se realiza a trav’s de determinados programas de televisi¢n de cierta cadenas, porque a ratos parece que hacerla no s¢lo no ayuda a erradicarla sino que quiz s la acaba de empeorar. Creo que la falta, de una forma m s generalizada, de precisiones como la que me he permitido hacer m s arriba, puede dar alas a una clase espec¡fica de agresores verbales y psicol¢gicos que, sinti’ndose amparados por el sentir social, incrementan el nivel de sus agresiones espec¡ficas y aceleran de forma demasiadas veces fatal la espiral de violencia de la que las v¡ctimas m s aparatosas han sido, quiz s, promotores antes que nada. Lo que quiero decir es que de la misma manera que el asesinato y la tortura de un etarra asesino y torturador merecen sin ninguna clase de duda el m s en’rgico rechazo social y jur¡dico, pero no dota al asesino asesinado con la aureola de santo var¢n, pasa los mismo algunas veces en este otro mbito de hechos violentos que estoy comentando. Quiero decir algo en la l¡nea de que, ante un caso de esos, se sentencie al peg¢n a equis tiempo de arresto y de multa, pero se haga al mismo tiempo y en el mismo acto, a una pena quiz s inferior, con el lenguaraz falt¢n.
Se me dir , con buena parte de raz¢n, que al que ha sido agredido en primer lugar siempre le queda el recurso de mandar al otro al cuerno, separ ndose del mismo por ejemplo, antes de enredarse en esta desastrosa espiral donde s¢lo tiene que perder, pero eso s¢lo es as¡ si no se tienen en cuenta las circunstancias barrocas que rodean bastantes de estos hechos, llenas de cuestiones como hijos menores de edad y complejas situaciones personales – personas mayores, parados, enfermos cr¢nicos – que privan de poder tomar de forma aut¢noma segon que clase de decisiones y, encima de agredidos, se sienten atrapados e impotentes. Es entonces cuando este «agresor», literalmente hecho polvo, se l¡a la manta a la cabeza y se deja ir por la desastrosa pendiente donde le lleva su err¢neo: «Ya no puedo aguantar m s, y no es justo que tocarme lo que no suena a dos manos salga tan barato». Mi amigo, ahora que est solo y con muchos m s problemas y angustias de los que quisiera y le convienen, duerme desde entonces mucho mejor de lo que lo hac¡a desde muchos meses atr s. Quiz s alguna «v¡ctima» ten¡a algo que ver con ello.
Jordi Portell
VIOLENCIA DOM¿STICA
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