El hombre del bigote que, felizmente reelegido, ya vuelve a lucir la misma tétrica sonrisa de antes, ya nos tenía acostumbrados a sus exabruptos, a sus insultos y a su intemperancia verbal. No era la primera vez que tachaba de estúpidos, por poner un ejemplo, a los que nos creímos todo aquello de la trama que puso sobre la mesa Rafael Anson y de la que se quejaba con harta amargura Felipe González en los últimos tiempos de su gobierno. Su ejemplo parece haber creado escuela y ahora esta especie de jefe de centuria falangista que dirige su partido en Catalunya, en un acto conjunto con este otro gran paradigma del centrismo activo que es su veterano dirigente Fraga, se ha permitido tildar de ôbastardaö la posición poco entusiasta del gobierno catalán acerca del desfile militar del próximo domingo en Barcelona. Como que la cosa me ha sonado francamente mal, he acudido al diccionario en busca de un poco de claridad, ya que no acabo de entender, pobre de mí, de que manera puede ser adecuado para calificar eso un apelativo tan contundente desde un punto de vista filol¢gico.
Para efectuarlo he ido descartando en primer lugar aquellas entradas que me parec¡an del todo ajenas a la cuesti¢n. As¡ pues, por ejemplo, he descartado de salida que se refiriera a los t’rminos marineros «Vela mayor latina de las embarcaciones de aparejo latino, llamada tambi’n vela bastarda», o a «Peque_o cabo que enhebra los del collar de raca, llamado tambi’n cabo bastardo», o al tecnol¢gico «Lima estriada en dos sentidos la distancia entre dientes de la cual es aproximadamente de un mil¡metro», o a los de escritura «Escritura que aparece en ciertas canciller¡as a mediados del siglo XIV, empleada tambi’n para la redacci¢n de c¢dices, sobre todo en lengua rom nica», i «Letra de imprenta que imita la escritura bastarda», teniendo que optar por aquellas acepciones que tratan de la genealog¡a, como por ejemplo «Nacido de un padre y de una madre la uni¢n de los cuales no es considerada leg¡tima», o «Hijo de un hombre casado y de una mujer soltera», o incluso «Que es degenerado, adulterado. Azocar bastardo. Lana bastarda», terminando por «Que no tiene un car cter francamente determinado. Color bastardo» y «L¡nea o rama que procede de un hijo bastardo».
Como es del todo evidente que si una cosa es el gobierno catal n es totalmente leg¡timo, salido de una leg¡tima mayor¡a de diputados enteramente leg¡timos que lo han elegido leg¡timamente, a no ser que la parte «bastarda» del tema sea precisamente el apoyo que los del partido del personaje que ha tenido la ocurrencia del ep¡teto dieron a la investidura en primera sesi¢n de quien lo preside, resulta tan evidente como eso que s¢lo se ha tratado de un insulto gratuito, dicho precisamente con nimo de insultar, al estilo de los de su l¡der de La Moncloa, como aquel que te suelta un «¥hijo de p…!» sin m s ni m s, y sin que haga falta alguna empezar a hacer averiguaciones de ninguna clase sobre la genealog¡a de quien as¡ es aludido para captar todo el alcance de la expresi¢n. Un simple acto agresivo de pura mala educaci¢n.
A m¡ esta adoraci¢n que los centristas tienen por el ej’rcito me hace sentir el mismo pestazo a moho que me producen muchas de las actitudes que adoptan sobre un mont¢n de cuestiones, especialmente las que m s se asemejan a los motivos que les llevaron hace algo m s de sesenta a_os, cuando aun no eran centristas, a promover aquella juerga sangrienta que dur¢ casi tres a_os, en la que aquella instituci¢n, que a ellos les parece tan sagrada que merece duros reproches todo aquel que se la mire con tibieza, tuvo un protagonismo francamente decisivo, y que conste que lo de francamente no lo he escrito con segundas. Como resultado de que ellos la ganaron, vino aquel per¡odo que a los amigos de esos se_ores que ahora se rasgan las vestiduras no les gusta que se mencione – a no ser que sea para alabarlo, como hace Fraga cada vez que le parece que viene a cuento -, donde esta misma instituci¢n juntamente con otras fuerzas al servicio de la bastarda dictadura – por ileg¡tima de origen y de nacimiento – de entonces, nos tuvo con las manos arriba y con la boca cerrada, con nuestras libertades ciudadanas y nuestros derechos humanos de vacaciones o en el exilio.
Como ya he escrito otras veces no soy pacifista, soy pac¡fico, y si seguramente soy antimilitarista no soy exactamente antimilitar, pero no han sabido escoger ni el d¡a, ni la hora, ni la forma, ni el lugar para efectuar esta exhibici¢n de rituales que por estos lares aun nos recuerdan demasiadas cosas amargas.
Jordi Portell
