Las, como muy mínimo, desafortunadas expresiones del alcalde de Madrid, -lvarez del Manzano, sobre el origen i las causas de la violencia doméstica, corroboradas con gran entusiasmo veinticuatro horas más tarde por ese paradigma del centrismo de toda la vida, el inefable Manuel Fraga Iribarne, ponen una vez más los pelos de punta por lo que significan de burdo intento, ni que sea por la vía de la predicación digamos que pacífica, de hacer regresar a nuestra sociedad a estadios de represión y falta de libertades individuales poco compatibles con el estado de derecho, aparte de ser una auténtica muestra de cinismo y de mala fe. Quiero llamar la atención sobre el hecho que si bien el alcalde de Madrid hizo sus declaraciones digamos que «en caliente», recién enterado del hecho en sí que las motivó, no así Fraga, que esperó veinticuatro horas para añadirse al duelo, y por tanto sin precipitación alguna, y encima lo ha reiterado, contumaz hasta la médula, pretendiendo una y otra vez que esto que ‘l dice es lo que es constitucional, enarbolando determinados art¡culos de la constituci¢n como armas arrojadizas, porque para ‘l el texto fundamental es eso, algo que permite al que «manda» arrojarlo por la cabeza al que tiene que «obedecer», en lugar de un marco de libertades, derechos y deberes comunes a todos los ciudadanos.
Por descontado que la simple aplicaci¢n de la estad¡stica iba a contradecir las aberrantes afirmaciones de tan inmoderada pareja de pol¡ticos reaccionarios, porque no es cierto en absoluto que una lacra tan execrable como la violencia dom’stica se d’ con mayor frecuencia entre las parejas de hecho que entre las dotadas de v¡nculo matrimonial, sagrado o simplemente civil, pero es que adem s, si insistimos en ponernos comparativos y nos da por buscarle aun m s los tres pies al gato, tampoco lo ser¡a que entre las parejas casadas el porcentaje superior de las afectadas por este c ncer de la convivencia corresponda a las unidas bajo el r’gimen de matrimonio civil en exclusiva – mensaje que de alguna forma tambi’n se infer¡a en los brutales comentarios de los energomenos en cuesti¢n – porque una simple ojeada al mapa del pa¡s, de siglos ac arrastrando toda clase de rutinas en ‘ste y otros aspectos de las pr cticas religiosas, da como resultado m s probable que sean mayoritarias las que lo son en r’gimen can¢nico. Es decir, todo lo contrario de lo que la poco ilustre pareja, queriendo sacar tajada de algo que, ni que sea por lo delicado de su naturaleza, merece un tratamiento poblico mucho m s riguroso, ha predicado con tanta demagogia como imprecisi¢n.
Pero no creo que sea este conflicto con la estad¡stica lo m s grave del caso. La libertad individual de vivir con otra persona fijando uno mismo los l¡mites y el alcance de esta convivencia – sujeta por otra parte a los l¡mites legales oportunos por lo que respecta a las consecuencias que una posible ruptura de la vida en comon pueda tener para las terceras personas afectadas, los hijos – ha sido gravemente insultada al considerarla caldo de cultivo de los delitos en cuesti¢n. Invito, como ya hice hace algunas semanas, a mirar alrededor de cada cual, y ver si lo que conocemos acerca de eso de forma personal se ajusta poco o mucho a los par metros que nos han querido marcar esta gente. Por mi parte afirmo que el caso de violencia dom’stica que he vivido m s de cerca, se ha producido en el seno de una pareja casada con todas las de la ley. Pretender ninguna relaci¢n de causa a efecto en estas caracter¡sticas del tipo de pareja, en lugar de buscar su origen en los tics y las lacras mentales de sus protagonistas, es en el mejor de los casos un acto de genuina mala fe. La facilidad con que estos las emprenden con sus v¡ctimas arrebat ndose en la propia iracundia es, de forma evidente, un tema repleto todo ‘l de connotaciones psiqui tricas, y es esta disciplina m’dica – simult neamente a las medidas judiciales que sean del caso – la que tiene que indagar como y por qu’ algunas personas transforman en hechos violentos las heridas m s o menos reales o imaginarias que alguien inflige a su ego.
Conozco de absoluta buena tinta el arrepentimiento profundo y sincero del protagonista del hecho de este tipo que he mencionado m s arriba. Ha buscado ayuda psiqui trica y le ha pedido perd¢n, incluso por escrito, a su v¡ctima. Ahora, del todo inmerso en la voraginosa situaci¢n a donde le ha conducido su ira, se pregunta una y otra vez como pudo hacerlo – y no s¢lo esta vez – sobre todo teniendo en cuenta el profundo amor que sent¡a, y continua sintiendo, por su esposa, pero tambi’n del todo at¢nito por la nimiedad del tema originario de la controversia que, convertida en agravio por su enfermedad, deriv¢ hasta la agresi¢n f¡sica de su esposa. «+Tanto me importaba – se pregunta – qu’ hab¡a dicho ella cuando la estopida del perro le hab¡a contestado que le devolv¡a las llaves casi siempre, para acabar haciendo de ello un ‘casus belli’ ?».
Jordi Portell
