Vaya por delante que soy partidario de la eutanasia. Soy de los que creen que la gente no tenemos que sufrir innecesariamente cuando no hay esperanza de poder vivir, o incluso de no poder hacerlo con el que cada persona considere su nivel de dignidad. Comprendo por tanto, y creo que tendría que haber el camino legal para poder hacerlo, que el parapléjico que así lo desee deje por su libre y espontanea voluntad lo que a él le parece una forma inferior de vida que no resulta de su interés. Creo igualmente que el sufrimiento, inútil para alguien sin esperanza, no hace falta que sea de forma exclusiva el físico, sino también el psíquico. Lo pongo por delante para aclarar que no me escandaliza la idea de que una persona, motivada por el sufrimiento que adolece, decida lo que según su parecer es una solución para dejar de padecerlo, y por eso lo que quiero exponer hoy aquí no representa ninguna clase de rechazo moral, sino, en todo caso, la curiosidad de un hecho de esta índole del que he tenido conocimiento y, de manera muy especial, de su sorprendente final.
S’ de una persona, no importa la edad ni el sexo, que hace unos d¡as, impedida por un fuerte sufrimiento moral que consideraba superior a sus fuerzas, decidi¢ autoaplicarse este tratamiento. Cobarde como es – no lo digo por vituperio ni reprobaci¢n sino s¢lo por definici¢n -, siente por el sufrimiento f¡sico el mismo temor que por el moral, por lo que no es extra_o que el m’todo escogido fuera el de una buena cantidad de f rmacos y alcohol debidamente combinados. Decidido a hacer todo lo posible para alcanzar con ‘xito su objetivo, procur¢ poner toda clase de trabas a la posibilidad de que, en el caso de ser encontrado en estado de inconsciencia pero aun sin haber conseguido su anhelado final, pudieran ser identificadas las p¡ldoras usadas, por el recurso de cortar en trozos peque_os la totalidad de los envases con unas tijeras y echarlos a la taza del water, accionando la cisterna repetidamente hasta conseguir la desaparici¢n del m s m¡nimo rastro de los mismos. Pasadas las ocho de la tarde, solo en su casa, se sent¢ en el sof con la espalda bien recta y un brazo firmemente apoyado en el apoyabrazos para consumar su prop¢sito, pensado que tendido en un lecho el efecto sobre todo del alcohol pod¡a provocarle deseos de vomitar – cosa negativa para su prop¢sito – realiz ndolo incluso espont neamente, e ingiri¢ con total decisi¢n todo lo que ten¡a preparado. Percibi¢ como, de forma muy r pida, le invad¡a un sopor muy dulce y se abandon¢ a la sensaci¢n.
Se despert¢ a las nueve y media de la ma_ana tendido de costado en su propia cama. En un primer momento le sorprendi¢ la hora, m s avanzada de lo que ten¡a por costumbre despertarse, pero de forma inmediata record¢ los hechos del atardecer anterior y qued¢ sorprendido del ins¢lito resultado. S¢lo ten¡a un poco de resaca y algo de ardor de est¢mago. Consult¢ el calendario de su reloj de pulsera por si, como m¡nimo, hab¡a estado durmiendo m s de un d¡a seguido y era aquella misma hora, pero de pasado ma_ana con respecto al de su frustrado intento. Nada de eso. Hab¡a dormido algo m s de doce horas, pero eso era todo. Miope de aquellos que casi precisan de unas gafas ad hoc para encontrar las que usan normalmente y pon’rselas, tante¢ sobre la mesilla de noche en su busca, pero no estaban en tal sitio. Revolvi¢ el amplio lecho donde hab¡a dormido solo para ver si estaban por all¡, pero nada de nada. En la sala tampoco estaban, si en el sof , ni encima la mesilla de centro, ni en la mesa del comedor, ni en la de su estudio. Mientras revolv¡a por todas partes busc ndolas, se apercibi¢ que ten¡a en el muslo izquierdo un considerable hematoma, y que le dol¡a un poco el brazo del mismo lado. Intrigado por lo de las gafas, al tiempo que muy decepcionado por el fracaso de su fallido intento de dejar de sufrir, se dirigi¢ al lavabo para realizar uno de aquellos trabajos personales e intransferibles que en tal lugar se realizan. En el bid’, al lado de la taza del water, percibi¢ algo. Acerc¢ la cabeza para verlo un poco mejor y result¢ que eran las gafas que hac¡a rato que buscaba, depositadas en el fondo del artilugio con todo cuidado, reposando sobre ambas patillas totalmente abiertas con los lentes hacia arriba, exactamente como las dejaba cada vez que precisaba acudir a vomitar al mismo sitio, con motivo de unas frecuentes molestias de es¢fago que igualmente adolece. Se le hizo evidente que, en un estado de total inconsciencia provocado por los medios empleados, su instinto de supervivencia hab¡a actuado por encima de su voluntad y le hab¡a llevado hasta all¡, donde, incluso, hab¡a accionado ordenadamente la cisterna pare eliminar los residuos de lo que no tuvo ocasi¢n de actuar. No tiene ni idea de como se produjo el hematoma, supone que con el canto de algon mueble.
Ha optado por eliminar ‘sta de la lista de sus opciones. Creo que acertadamente.
Jordi Portell
Barcelona
