En cinco años, la comunidad internacional no ha aplicado sus compromisos. Leo en los medios de comunicación mucho sobre otras conferencias de la ONU, pero cuando los países ricos y las multinaconales deben arrimar el hombre, hacen mutis por el foro.
La Asamblea general extraordinaria de las Naciones Unidas dedicada al desarrollo social y a la lucha contra la pobreza (Copenhague+5), que se celebró en del 26 de junio al 1 de julio en Ginebra, terminó con un documento final de unas setenta páginas y una declaración de buenas intenciones de tres folios. El miedo de todos ahora es que la cumbre se quede en eso: buenas intenciones.
Los debates entre las delegaciones de los 160 países –estaban ausentes los representantes de unas treinta naciones– duraron hasta la tarde del sábado pasado. Los resultados, según algunos observadores, podrían ser considerados como ½modestos+, aunque confirman el programa y los objetivos que se adoptaron en la cumbre mundial de Copenhague sobre el desarrollo social de 1995.
Es interesante constatar que una Conferencia tan importante para combatir el hambre y la pobreza en el mundo ha recibido mucha menos atenci¢n por parte de los medios de comunicaci¢n que las cumbres de la ONU (por ejemplo, la precedente asamblea sobre la mujer) en las que se habla de argumentos ligados a la ösalud reproductiva+, o en las que se busca promover la legalizaci¢n del derecho al aborto y el reconocimiento de las parejas de hecho.
Buenas intenciones, pocos compromisos
La declaraci¢n pol¡tica final de esta Asamblea de la ONU de Ginebra exige que se apliquen los compromisos adoptados en la Conferencia mundial de Copenhague, a pesar de que en estos cinco a_os se han alcanzado muy pocos resultados. Entre otras cosas, se ha confirmado el deber de la luchar por reducir a la mitad la pobreza en el mundo para antes del 2015 y el compromiso para aumentar la asistencia al desarrollo por parte de los pa¡ses m s ricos hasta llegar al nivel del 0,7 por ciento de su producto nacional bruto.
En Ginebra, la comunidad internacional se ha propuesto asegurar los servicios sociales b sicos –particularmente educaci¢n y sanidad–, cuando hay que afrontar crisis financieras. Sin embargo, no se ha tomado ninguna medida para aligerar el problema de la deuda de los pa¡ses m s pobres: la Asamblea se ha limitado en este sentido a hacer llamamientos y a acelerar el di logo para alcanzar resultados concretos. No se dio ningon paso positivo en la apertura de los mercados de los pa¡ses ricos a los productos de las naciones pobres.
Se est n buscando todav¡a nuevas estrategias para crear puestos de trabajo y desarraigar la pobreza, onica respuesta posible a los 1.500 millones de seres humanos que viven con menos de un d¢lar al d¡a. En el encuentro participaron casi 7 mil delegados, sin embargo, la presencia de jefes de Estado y de Gobierno fue muy baja, especialmente entre los pa¡ses del norte.
Intervenci¢n vaticana
El jefe de la delegaci¢n de la Santa Sede en la Asamblea, el obispo Diarmuid Martin, intervino para dejar claro que de nada sirve el que en estos encuentros de la ONU se hagan mil promesas, si despu’s no hay voluntad real para cumplirlas. Por ello, denunci¢ la öincapacidad de la comunidad internacional para adoptar las medidas necesarias –tanto a nivel financiero como a nivel de voluntad pol¡tica– para alcanzar ciertos objetivos y metas proclamados solemnemente y considerados como abordables y deseables+.
Una grave p’rdida de confianza por parte de los ciudadanos
öUn requisito para que se d’ una aut’ntica comunidad de naciones es que cumplan las promesas tanto por parte de los fuertes como de los d’biles –explic¢ el representante del Papa ante la Asamblea de la ONU–. Hoy m s que nunca necesitamos un orden internacional, en el que las relaciones entre los Estados est’n basadas en el papel del derecho y el respeto por las normas y compromisos internacionalmente asumidos+.
öTodos los Estados –dijo monse_or Martin–, ricos y pobres, tienen que tener un acceso justo a los procesos de decisiones del mundo globalizado. El fracaso de las naciones para aplicar los compromisos solemnemente proclamados debilita la confianza de los ciudadanos del mundo en las normas e instrumentos internacionales, precisamente en un momento en el que su importancia para la cooperaci¢n mundial aumenta d¡a a d¡a+.
öUn mundo que deja a millones de ciudadanos al margen del progreso no tiene derecho a llamarse «global» –denunci¢ Martin–. ¥El t’rmino «global» tiene que convertirse en sin¢nimo de «inclusivo»! Por decirlo con palabras de Juan Pablo II, necesitamos «globalizaci¢n con solidaridad, globalizaci¢n sin marginaci¢n». De hecho, no hay una alternativa sostenible a la solidaridad. La otra opci¢n ser¡a un mundo basado en relaciones de proteccionismo, fundadas en el miedo, las suspicacias, y la exclusi¢n+.
Ana Carvajal Becerra
Granada
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