La dictadura de los prejuicios puede resultar patética, ridícula. Me ha producido sorpresa y decepción que un medio de comunicación, al dar la noticia del incendio que ha arrasado en EE.UU. una superficie como Galicia, se burlara del gobernador de Montana por decir a la población que era esencial que rezara para que cambiasen las condiciones atmosféricas. Pienso que sería criticable que hubiera habido ineptitud o negligencia y que el gobernador intentara taparlas con sermoncitos. Pero no es el caso. Han trabajado más de 20.000 profesionales, además de un contingente de bomberos australianos y neozelandeses que ha acudido en su ayuda. Según uno de los que dirigen la operación, son gente ½preparada para atajar una situación como ésta+, pero reconocen que no todo depende de su preparación y sus esfuerzos, pues hay factores que escapan al control humano: ½Necesitamos que se modifiquen las condiciones meteorológicas, porque con el fuerte viento y calor de los últimos días nuestra labor no sirve absolutamente para nada+. Evidente. Pero los prejuicios ciegan hasta lo pat’tico. Pocas posturas hay tan rid¡culas como la arrogancia.
Ana Carvajal Becerra
Granada
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