Supongo que, quien más quien menos, conoce aquel viejo chiste donde alguien dice: «¿Que fulano habla mal de mi? ¿Cómo es posible si nunca le he hecho un favor ni tampoco le he prestado dinero?». La clara paradoja que pretende reflejar el chiste tiene que ver con el talante autista de este «fulano» a quien se cita [autismo: Polarización de todo el psiquismo del individuo hacia su interior, con pérdida de contacto con el mundo circundante. Es característico de la esquizofrenia, en la que existe un «mundo autístico» impenetrable, donde la inteligencia y la afectividad no pueden manifestarse sino imaginativamente. El comportamiento se hace más incomprensible, en este caso, al sumarse toda la vida mental especial del esquizofrénico (onirismo, alucinaciones, pensamiento y lenguaje simbólico, etc.) GEC].
En este aspecto del pensamiento y el lenguaje simbólico, a veces pueden llegar a verdaderos alardes de virtuosismo. Si habéis llegado a tratar profundamente a alguno, no os tiene que sorprender en absoluto que, s¢lo por poner un ejemplo, si le pregunt is de donde viene, ‘l o ella no viene de la playa, sino que: «le parece que viene de la playa, porque seguramente si viniera de otro sitio cree que lo recordar¡a, por tanto opina que lo m s seguro es que venga de la playa», o incluso pueden recordar que el agua de la piscina hoy estaba demasiado fr¡a y al minuto de estar le han dado muchos escalofr¡os, pero no est n seguros en absoluto de haberse ba_ado, a ratos les parece que s¡ y a ratos que no, pero, encima, los que les parece que s¡ aun les queda la duda de que se lo parezca porque alguien se lo ha metido en la cabeza.
Le¡ hace bastantes a_os un delicioso cuento de Ant¢n Chejov en el que el protagonista, un dign¡simo profesor, invitado a cenar en casa ajena, entra en la cocina a fisgar un poco las viandas que la cocinera est preparando para la cena y, ante un magn¡fico esturi¢n preparado en una bandeja, hace un ruido especial con la boca en el mismo momento que entra en la misma estancia otro de los invitados que, haciendo chirigota con el ruidillo en cuesti¢n, le dice: «¥Anda! ¥Te he pillado bes ndote con la cocinera!». Nuestro hombre le dice que no es cierto, pero el otro, sin atender en absoluto a las explicaciones que le prodiga, hace como que no le cree e insiste en su malicioso comentario. Sale entonces hacia la sala donde est n los dem s invitados junto con sus anfitriones y, pensando que m s vale prevenir que curar, les empieza a explicar uno a uno lo que le acaba de ocurrir en la cocina, aclarando que aquel ruido que el otro ha identificado con un beso solo era una expresi¢n de golosina ante la exquisitez del pescado que iban a comerse para cenar. Al d¡a siguiente, cuando llega a su domicilio, se encuentra a su esposa, hecha un mar de l grimas, que le acomete dolida recrimin ndole que el d¡a anterior se haya dedicado a besuquearse con la cocinera de la casa donde hab¡a estado cenando. El hombre, indignado por la situaci¢n, se dirige al encuentro del indiscreto que le hab¡a visto en la cocina y le recrimina la calumnia y sus consecuencias. El otro, totalmente estupefacto, le promete que ‘l no ha dicho una sola palabra a nadie acerca de la broma que le hab¡a gastado la noche anterior al encontrarle en la cocina. Cuando se da cuenta que el otro est diciendo la pura verdad, queda at¢nito. Entonces +qui’n le hab¡a delatado en falso?
Menciono este cuento, porque otra de las muchas peculiaridades dial’cticas del autista es no considerarse nunca responsable de sus propios actos. Si alguna aventura que tuvo un fin de semana que pas¢ en cierta localidad de la costa, s¢lo por poner otro ejemplo, ahora no le parece tan gloriosa como se lo pareci¢ entonces y su placer por recordarla ha deca¡do enormemente – por haber pasado de ser algo de lo que alardear a algo de lo que avergonzarse, por algon cambio de perspectiva moral, supongamos -, la culpa de sus actos no fue suya – que es quien en definitiva tom¢ la decisi¢n de ejecutarlos – sino de quien le presto su apartamento y le dio las llaves del mismo para que fuera all¡ a pasar el fin de semana. A veces llega incluso a desarrollar una especie de doble figura de si mismo, a la que atribuyen las cosas que, dentro de esta l¡nea de descarado revisionismo de nunca aceptar ninguna responsabilidad sobre aquellos de sus actos que pudieran ser criticables – y una vez descartada la posibilidad de endilgarle el muerto a alguna tercera persona de su entorno – que no les entusiasma haber realizado. Entonces, una vez ha intentado escurrir el bulto de todas las formas habidas y por haber, no debe extra_aros que os suelten algo como:
«Es cierto. Eso fue as¡; pero yo ahora soy otra persona y, por tanto, no puedo aceptar la responsabilidad de lo que hizo aquella que yo era antes», y se queden tan anchos. El problema es que realmente profesan una gran fe en este estilo suyo de razonamiento y, para postre, lo defienden como un rasgo genial de su personalidad. Hay quien cree que no es exactamente un problema de desorientaci¢n mental lo que adolecen, sino algo mucho m s prosaico.
Jordi Portell
Barcelona
*Informativos.Net no se hace responsable ni comparte necesariamente las opiniones de los lectores.
