Nos ha despertado a mitad de la noche el ruido de la tormenta que ayer nos había anunciado el hombre del tiempo. Con los ojos aun cerrados, percibimos el resplandor de los rayos y relámpagos, y contamos de forma instintiva los segundos que tarda en llegar hasta nosotros el sonido del trueno correspondiente para saber lo cercana o lejana que la tenemos. Casi en seguida el sonido de las gotas de agua sobre los toldos medio extendidos de la terraza nos anuncia que ya ha empezado a llover. Abrimos los ojos y no percibimos gran cosa, especialmente porque cuando estamos en cama no llevamos las gafas puestas y nuestra miopía es notable. Los volvemos a cerrar, intentando dormirnos de nuevo, cuando de forma súbita, incluso a través de nuestros párpados bien cerrados, vemos una explosión de luz entre amarilla y rojiza al mismo tiempo que estalla el trueno û indicando que este rayo ha caído aquí mismo û, y se percibe con toda claridad el chasquido que hace el interruptor del diferencial desconectando toda la instalaci¢n el’ctrica de nuestra casa. Salimos entonces de la cama para volverla a conectar en seguida, tratando de evitar otro tipo de males, mientras o¡mos que la tormenta es ahora m s intensa y cae agua con fuerza. Cuando nos volvemos a encamar, cubrimos ahora nuestra desnudez con la s bana, no porque nos haga falta alguna clase de abrigo, sino para que actoe de forma un tanto simb¢lica como cobijo. Se nos hace evidente entonces la desolaci¢n de la anchura del lecho, mientras recordamos que, precisamente en este tipo de contingencias, la mujer que a_oramos se acurrucaba en seguida entre nuestros brazos e incluso los ni_os, m s o menos asustados o m s o menos aprovechando la ocasi¢n, acud¡an a nuestra habitaci¢n solicitando «nuestros buenos oficios» como en la canci¢n «L’orage» de Georges Brassens. Entonces, en el estado especial de semivigilia en que nos encontramos, nos parece percibir en nuestra piel el calor suave de la de ella y nos abandonamos a la dulce sensaci¢n que parece ahuyentar la dura crueldad de la soledad a la que oltimamente estamos condenados, no menos cruel por la responsabilidad que nos corresponde en haberla provocado, cuando un nuevo trueno nos despierta otra vez y nos env¡a, de forma casi maquinal, a reponer en la posici¢n adecuada el interruptor que el nuevo rayo ha hecho saltar otra vez, mientras la frialdad relativa de las baldosas del suelo ayuda a arruinar la tumescencia que la delicia del ensue_o nos hab¡a provocado. Cuando regresamos a la cama ahora son las l grimas las que nos acompa_an.
Por la ma_ana, al mirar por la ventana de nuestro dormitorio, vemos delante mismo de nuestras narices como el m s espl’ndido de los cedros del jard¡n del recinto donde moramos se ha convertido, por obra sin duda de aquel rayo que cay¢ anoche aqu¡ mismo, en un doble s¡mbolo f lico que parece que pretenda escarnecer – rabia rabi_a – nuestra arruinada rigidez de media noche. Su espl’ndida copa reposa ahora boca arriba sobre el c’sped donde hasta hace pocos d¡as nos permit¡amos el lujo de admirar, desde el privilegiado mirador de nuestra terraza – las pocas semanas que nos ha impelido a hacerlo nuestra autoestima masculina que justamente acabamos de recobrar -, el ramillete de feminidad – bien dotado de encantos de todas clases, grados de madurez y estilos la inmensa mayor¡a del mismo – que tomaba el sol con indolencia alrededor de la piscina, mientras enarbola erecta la parte del robusto tronco que la sosten¡a, y que el rayo ha simplemente tronchado de un estallido en dos partes de perfiles irregulares, agudos y afilados – la otra, como bifurcada, se yergue aun en pie, firmemente arraigada -, y el resto del atrayente escaparate de ayer mismo est alfombrado de astillas procedentes del mismo tronco.
Por la tarde, mientras llueve – ahora suavemente -, nuestro hist¢rico talante afrancesado, estimulado a buen seguro por el recuerdo de anoche de Brassens, que nos indujo con sus versos a nuestras ardientes y melanc¢licas sensaciones, nos lleva ahora a la mente los primeros del poema de Paul Fort «L’enterrement de Verlaine»: » Le revois-tu mon Yme, ce Boul’ Mich’ d’autrefois/Et dont le plus beau jour fut un jour de beau froid…», que recita el cantautor en el mismo disco que la canci¢n mencionada. La evidente llegada del oto_o, y la asociaci¢n de ideas que nos provoca la referencia a Paul Verlaine, lo hace tambi’n con los conocidos e hist¢ricos versos de ‘ste con que empieza su «Chanson d’automne»: » Les sanglots longs/des violons/de l’automne/blessent mon coeur/d’une langueur/ monotone.»(Los largos sollozos de los violines del oto_o, hieren mi coraz¢n con una languidez mon¢tona), y recordamos de pronto que despu’s de la tempestad viene la calma; despu’s de la guerra, la paz.
Jordi Portell
*Informativos.Net no se hace responsable ni comparte necesariamente las opiniones de los lectores.
