A veces, cuando me llegan noticias de lo que está pasando en países islámicos, saco la impresión de que tienen la mentalidad del Occidente de hace más de cuatro siglos. Es lo que he pensado al conocer la historia de Mohammed Omer Ají, el somalí de 27 años que, viviendo en Yemen desde 1994, el 24 de agosto pasado tuvo que tomar un avión con su mujer e hijos para iniciar una nueva vida en Nueva Zelanda. Llegó al aeropuerto de Aden escoltado por la policía desde la celda donde permanecía desde enero encarcelado y sufriendo malos tratos de la policía por haber cometido hace dos años el «delito» que le obliga a exiliarse: haberse bautizado. Es afortunado porque siete semanas antes un tribunal yemení le dió el ultimátum para que renegara del cristianismo y volviera al Islam, o afrontara la ejecución como apóstata. Pero Amnistía Internacional adoptó a Haji como prisionero de conciencia en una ½acción urgente+ el 11 de julio, demostrando que había sido ½detenido solamente debido a sus creencias religiosas+. Y gracias a ACNUR (el organismo de la ONU para los refugiados), el gobierno de Nueva Zelanda acept¢ acoger a Haji y su familia el pasado julio.
Manoli Galera Mart¡nez
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