Resultan escandalosas las diferencias que se vienen produciendo entre los Estados de Norteamérica que todavía no han abolido la pena de muerte, a la hora de conmutarla. Hace pocas semanas, ante una petición del Papa, el gobernador de Maryland, Parris Glendening, aceptó conmutar a Eugene Colvin su sentencia de muerte por cadena perpetua. Y algo semejante ha sucedido en Illinois y en New Hampshire. En cambio, el gobernador de Virginia, Gilmore, que si quieres…: a pesar de las reiteradas peticiones de clemencia de Juan Pablo II para Rocco Barnabei, y a pesar de las denuncias de irregularidad en el proceso, que habían dado a conocer los medios informativos, Gilmore ha mandado ejecutarle el 14 de septiembre. Y otro tanto ha sucedido con las ejecuciones de Bennie Davis, en Florida y de Roger Berget en Oklahoma. Y esto por no referirnos a Texas, donde el candidato George Bush parece querer ganar las elecciones congraciándose con los vengativos a golpe de ejecuciones. Afortunadamente esta postura se va quedando arrinconada, pues va calando cada vez m s en la opini¢n poblica el car cter cruel e innecesario de la pena capital, as¡ como el gran riesgo que conlleva de ejecutar a un inocente, como lo muestran las declaraciones del gobernador de Maryland, quien justific¢ su decisi¢n diciendo que, aunque estaba convencido de la culpabilidad de Colvin, ‘l no posee pruebas suficientemente seguras como para ejecutarle.
Ana Carvajal Becerra
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