Reflexionar acerca de la maldad humana a veces es conveniente, más cuando convivimos en sociedad. A veces uno queda sorprendido de los efectos de la maldad. «Lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos», al decir de Jacinto Benabente. En un pueblo de unos dos mil habitantes se llega a difundir que alguien a robado en la gestión de los caudales públicos, y que ha sido condenado, y buena parte de esa población lo llega a pensar así, cuando la realidad es que a esa persona el cargo le ha costado dinero y ha sido una carga, no obstante admiro a quienes, a pesar de ser objeto de calumnias de miserables perdedores. carentes de otros argumentos, se mantienen en el cargo.
El fatalismo es otra cara de la maldad. «El peor de los males es creer que los males no tienen remedio», como señala Francisco Cabarrus. A veces hay que poner en marcha la creatividad, nuevas energías y pensar que los males tienen solución tarde o tembrano.
El extremo de decadencia social est en el momento en que se invierten los valores, como avisa Antonio Machado. «Todo est perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa», pero mucho antes ya el griego Dem¢crates lo percibe.
Quienes han padecido la maldad en sus carnes y en su pueblo advierten de que la maldad es evitable. El mejor cient¡fico del siglo XX, ALbert Einstein, con lucidez denuncia las omisiones de los buenos,. «El mundo no est en peligro por las malas personas sino por aquellas que permiten la maldad».
Eso de que todo el mundo es bueno, la presunci¢n de inocencia es una conquista de la civilizaci¢n. Tal vez por eso William Faulkner apunta «Se puede confiar en las malas personas, no cambian jam s».
Los medios de comunicaci¢n dan noticias de la maldad y de quienes la originan. «Para hacer mal cualquiera es poderoso», indica Fray Luis de Le¢n, otro sufridor.
¨Qu’ hacer cada uno de nosotros ante esto? «No hag is el mal y no existir «, aconseja el ruso Le¢n Tolstoi.
La maldad es actualidad permanente, tema siempre abierto. lacerante. La maldad nace en el hombre y tambi’n la bondad. Afortunadamente el saldo est a favor de la bondad, que permite que la sociedad sea m s habitable Vaya mi solidaridad hacia quienes la padecen. Tal vez sin darnos cuenta, por ser «bondadosos» la estamos permitiendo a veces.
Maria Jos’ Guti’rrez Sanju n
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