En los debates sobre la pena de muerte que se están produciendo con motivo de las últimas ejecuciones en Estados Unidos y en China, a veces se oyen voces que piden la suspensión de la ejecución basándose en la posible inocencia del condenado. No digo yo que eso no sea un motivo más para exigirlo. Pero no es la razón más decisiva, pues la pena de muerte tampoco debería aplicarse a los ciertamente culpables. +sta es la postura de Juan Pablo II. Cada vez que intercede ante un gobierno a favor de un reo, nunca menciona la culpabilidad o inocencia del condenado, sino que funda su petición en los motivos de fondo que han llevado a la Iglesia a condenar el recurso al verdugo: el carácter sagrado de la vida humana. +stas fueron sus palabras en la última de sus peticiones de clemencia: ½En el espíritu de clemencia que es propio del año jubilar, sumo una vez más mi voz a la de todos aquellos que piden que no se quite la vida al joven Derek Rocco Barnabei. Deseo, además, en general, que se llegue a renunciar al recurso a la pena capital, pues el Estado dispone hoy d¡a de otros medios para reprimir eficazmente el crimen, sin quitar definitivamente al condenado la posibilidad de redimirse+.
Antonio Garc¡a Mudarra
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