El otro día, mientras la amiga peluquera que me esquila desde hace años me quitaba la lana del cogote, por una asociación de ideas relacionada con este mismo término activo, pero en un sentido más coloquial que el meramente literal, pensaba que no deja de ser curioso el desastroso fenómeno que hace que, demasiadas veces, el miedo a perder algo que nos resulta precioso, nos lleva ni más ni menos que a las palabras, los actos y los gestos que nos lo hacer perder de forma muchas veces irremisible. Este hecho ocurre de manera especial si, encima de las demás peculiaridades del caso, sois de la clase de gente a quienes no les resulta difícil expresarse intelectualmente û lo que os hace perder según qué perspectivas, al creer que eso os lo tiene que dar todo resuelto û, pero tenéis más de una carencia para hacerlo afectivamente en el momento en que vuestro yo se siente en algún tipo de conflicto con otra persona de vuestro entorno afectivo más inmediato.
Quien tiene alguna clase de conflicto de personalidad para el que necesita ayuda, como por ejemplo yo mismo sin ir m s lejos, y aun le queda la sensatez suficiente como para solicitarla, lo hace. Entonces, si tiene suerte – aclaro que yo he tenido mucha – la consigue de unos profesionales que le saben captar la especificidad de su problema concreto y saben orientarle para ayudarse a si mismo a resolverlo. Es preciso, sobre ese extremo no cabe duda alguna, una capacidad cierta para la autocr¡tica, que de hecho es el mismo mecanismo eficiente que, para empezar, le ha hecho saber que aquello no acababa de estar del todo en regla, y que le resulta precisa la colaboraci¢n de los especialistas mencionados, y son ‘stos, y no cualquier especie de intuici¢n genial o ciencia infusa, los que, cuando les coment is de forma anecd¢tica vuestros aprietos en esta materia de las relaciones personales y afectivas, ponen a vuestro alcance el conocimiento de la existencia de esta carencia interior de capacidad comunicativa que mencionaba unas l¡neas m s arriba.
El problema, demasiadas veces, es que cuando hab’is conseguido que os lo expliquen con todo lujo de detalles, ya hab¡ais metido la pata. Entonces os dais cuenta de que no es suficiente en absoluto estar del todo convencidos intelectualmente de la bondad de las virtudes del di logo entre las personas como v¡a eficiente para resolver cualquier clase de conflicto que se les pueda presentar, si no se est en condiciones de hacerlo teniendo en cuenta los sentimientos de la otra parte, y no s¢lo vuestra capacidad dial’ctica para demostrar vuestra tesis sobre lo que os amoh¡na. Os dais cuenta incluso de la distancia que acostumbra a haber demasiadas veces – no os pasa realmente s¢lo a vosotros, sino que es, lamentablemente, m s comon de lo que seria conveniente -, entre la idea formal sobre la bondad del intercambio de criterios como forma de resolver cualquier clase de conflicto que pueda presentarse – cosa que todo el mundo, en principio, parece que no s¢lo acepta de todo coraz¢n sino que se adhiere a tal planteamiento de forma entusiasta -, y llevarlo a la pr ctica, cosa que se ve que es bastante m s dif¡cil que hacer una declaraci¢n de principios en toda regla, y que resulta mucho m s f cil enunciar las virtudes teologales de fe – creo que el concepto fe es mucho m s extenso que el simple significado teol¢gico del t’rmino, y que es preciso hacerlo extensivo a este mbito precioso de las relaciones interpersonales -, esperanza y caridad, o las virtudes temporales de prudencia, justicia, fortaleza y templanza, que actuar en total consecuencia con tan elevados principios.
Pero como no estoy en posesi¢n de la m s m¡nima autoridad moral para sermonear a nadie en este sentido, puesto que la primera piedra deber¡a lanzarla si acaso contra mi mismo, aprovecho en todo caso la oportunidad para hacer poblica confesi¢n de esta carencia m¡a, y de las consecuencias que se han derivado de su existencia enroscada a mi pobre yo, como m¡nimo hasta el martes de esta misma semana (17 de octubre), para que sirva de aviso a quien se encuentre en circunstancias similares a las m¡as. Me gustar¡a much¡simo que quien haya podido sentirse agraviado por los efectos de esta confesada carencia personal, me concediera la oportunidad para rectificar.
Pienso que, en cualquier caso, ser¡a una buena ocasi¢n para practicar un poco las excelencias del di logo, para sentir el gozo del intercambio de criterios, +verdad to?
Jordi Portell
Barcelona
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