Quizás en definitiva es lo que acaba revelándoles como las personas normales, corrientes, que son, en lugar de los seres superiores que en algún momento nos parecieron. Si a ratos me sorprende ver a Felipe González haciendo el ridículo a cuenta de su defensa a ultranza de la forma en que se produjo la transición española desde la dictadura fascista a la democracia formal, en otros veo en eso más de una de las características del hombre vulgar, y eso no me lo desmerece en absoluto, sino que hace que le tenga un poco más de consideración que la que le tenía cuando le miraba como el líder de primera clase que se suponía que era y que de tarde en tarde metía la pata de un modo aparentemente impropio de él. No creo que se puedan tener muchas dudas de que tanto él como el juez más estrella entre todas las estrellas que relucen en tal clase de firmamento hace tiempo que se dedican en cuerpo y alma a hacerse pagar el uno al otro no se sabe exactamente qué, pero sí que eso es precisamente lo que hacen. Y para hacerlo no pierden comba absolutamente por nada, aunque lo ali_en con argumentos altisonantes. Hace pocos d¡as Gonz lez se permiti¢ tirar a la cabeza de su enemigo – contra quien reacciona como una amante despechada despu’s de haber sido embestido por el otro con id’nticos furia y motivaciones -, que «estaba atenazado por la verg_enza de haber visto a algunos espa_oles dando lecciones de democracia a estos pa¡ses» (refiri’ndose a Chile y Argentina), arguyendo las excelsas virtudes de la transici¢n de aqu¡, de forma especial por lo que se refiere al «olvido» de las fechor¡as fascistas, a modo de reflejo de las respectivas transiciones de los mencionados pa¡ses.
A uno s¢lo le cabe darse cuenta de la fragilidad del argumento, incluso sin emplear en ello la brillantez del fiscal Castresana en su contundente respuesta, publicada en el diario El Pa¡s en d¡a primero de este mismo mes. Pero por ese mismo motivo, por la futilidad de la insensatez soltada con m s ganas de herir que de cualquier otra cosa, resplandece la humanidad que se esconde debajo de toda la parafernalia del l¡der ca¡do. No me creo de ninguna de las maneras que Gonz lez no recuerde las presiones que el aparato de la dictadura, tanto de los m s retr¢grados como de los mismos reformistas «desde dentro del sistema», que fueron conduciendo las cosas hasta llegarlas a cuajar en la Constituci¢n actual, en el actual sistema, y en las rectificaciones que, en abierta contradicci¢n con el contenido del mismo texto legal, han ido tomando carta de naturaleza hasta desvirtuar una cuantas de las que la oposici¢n al fascismo hab¡a conseguido que fueran incluidas en el mismo, que quiz s nos hubiesen llevado a rechazarlo si no se hubiesen plasmado aunque lo hicieran s¢lo en forma de m¡nimos. Ni me creo tampoco que no le hierva la sangre cuando recuerda los muchos sapos que le toc¢ tragarse cada vez que Guerra le detallaba lo que pod¡a ser y lo que no, despu’s de cada sesi¢n de la comisi¢n constitucional. Por eso le veo humano, tratando una y otra vez de clavar fuertes aguijonazos en la entrepierna de quien fue uno de los principales art¡fices de su ca¡da, aliado objetivo del PP y de las consignas de su hortera l¡der «¥V yase, se_or Gonz lez! ¥Ustez no tiene credibilidaz!», ni que lo haga haciendo uso de algo tan desgraciado como predicar la impunidad de los verdugos fascistas. Tan humano como el juez cuando us¢ lo que hab¡a tenido ocasi¢n de conocer despu’s de su pasada por el ministerio del Interior para embestirle, por muchas piruetas judiciales que se hayan hecho para ver de obviar ese vicio de origen y condenar a sus compa_eros de la copula socialista en el citado ministerio, y las muchas ganas de hacerse ver iniciando toda clase de instrucciones y procesos de los que salen en los peri¢dicos, no todos ellos con suficientes rigor y fundamento, m s de uno con final rid¡culo incluido.
S¢lo son humanos, personas con las mismas flaquezas que la mayor¡a de nosotros, con una objetividad que les hace agua a la que se les roza m¡nimamente la epidermis. Pienso que eso nos tiene que alentar cada vez m s a pensar por nuestra propia cuenta, en lugar de prestar atenci¢n a segon que cantos de sirena y aceptar con tanta alegr¡a segon que lideratos, como predicaba Fidel Castro cuando aun era un l¡der con prestigio y dec¡a que era necesario pensar con la propia cabeza, porque si uno piensa en cabeza ajena se arriesga a equivocarse en esa misma cabeza ajena, y es muy triste errar por cuenta de otro. Qui’n le ha visto y qui’n le ve, +no es cierto?
Jordi Portell
