En un gesto que, aunque los que estamos avezados a hacerlo de tarde en tarde, tenemos práctica suficiente de cómo se hace, a pesar de ello tampoco es que sea un plato que nos apetezca en exceso, y siempre te queda la pesadumbre de rezongar por lo bajo que si antes de soltarlo te lo hubieses pensado un poco mejor, ahora te podrías ahorrar el mal trago. He querido hacerlo constar para que no pueda parecer que tengo una fijación en meterle el dedo en el ojo a ese singular ejemplar de la fauna política, porque no soy capaz de reconocerle el derecho humano a equivocarse, tal como el niega un montón de otras derechos de ese cariz a un montón de gente. ôErrare humanum estö, dicen, y es muy cierto, igual que dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Pero incluso teniendo en cuenta esos aforismos hay que reconocer que en ocasiones eso de errar puede llegar a convertirse en un verdadero vicio. Hace un montón de años trabajé con alguien que lo tenía. La información que tenía que suministrarme diariamente estaba siempre llena de errores y entonces me las ve¡a y me las deseaba para desenredar el l¡o que hab¡a montado, y luego me tocaba acudir con la copia enmendada a hacerle notar todos los que hab¡a encontrado para que los corrigiera en su copia de archivo. Su comentario siempre era ese de «errare humanum est». Los que trabajaban en la misma sala donde estaba el individuo ya esperaban mi aparici¢n, e incluso m s de una vez se o¡a un leve murmullo colectivo, a modo de coro griego, que musitaba por lo bajo el latinajo. Un d¡a que estaba de un mal talante especial me hart’, porque ten¡a la conciencia clara de que, a base de tener tan asumida esa filosof¡a tan conveniente, el trepa aquel no se tomaba la m s m¡nima molestia en tratar de ser un poco m s cuidadoso con su trabajo, y le repliqu’ que quiz s s¡, pero que cuando era tanto y tanto dejaba de ser humano para ser simplemente asinino. La carcajada fue general.
Pero, con todo y eso, aquel hombre aun reconoc¡a que se hab¡a equivocado, aunque se lo tomara con aquella pachorra delirante. Quiz s ten¡a un exceso de cara dura pero su soberbia, por lo menos en ese sentido, era inexistente. +Veis ahora adonde quer¡a llegar? Nuestro h’roe, no. No se_or. No tuvo bastante con pasarse de rosca mucho, pero que mucho, en su campa_a ultra nacionalista espa_ola, y por tanto antinacionalista de todos y cada uno de los nacionalismos perif’ricos. Ni tan siquiera se refugi¢ en aquello tan trillado del «respeto absoluto por el veredicto de las urnas», o aquello otro que nadie se cree, pero que todos predican como si fuera la Biblia en verso, de «el pueblo ha hablado, el pueblo nunca yerra en estas cosas», por mucho que la procesi¢n vaya por dentro, porque esas son frases de perdedor. Los que ganan usan otras del tipo de «el pueblo, como no pod¡a ser de otro modo, ha reconocido que somos los m s mejores», m s o menos, en una exhibici¢n de ufan¡a remojada en cava del todo l¢gica. El hombrecillo del bigote, no. No le sale de las entretelas. A ‘l lo que le brota de su visceral garganta es todo lo contrario. No s¢lo no es capaz de reconocer su error, su tremendo error estrat’gico, sino que predica «urbi et orbe» que el pueblo no estaba lo suficientemente maduro para darse cuenta de la indiscutibilidad de su mensaje, pero que con el tiempo y una ca_a ya aprender n lo que vale un peine. Y a continuaci¢n pone un mont¢n de condiciones a los que han ganado – por cierto por mucho m s que nunca antes de que a ‘l se le ocurriera emplear una estrategia electoral tan exitosa – para conseguir una cosa tan maravillosa y excepcional como que ‘l condescienda a hablar con ellos. Es pat’tico. Mejor dicho, lo ser¡a si no fuese tan peligroso. Hac¡a mucho tiempo que no ve¡a una soberbia como la suya.
Hace unos a_os, alguien escribi¢ que todos los pol¡ticos son fieles al pensamiento de que quienes no les votan a ellos demuestran con el hecho cierta cortedad, aunque usen las frase t¢picas de rigor para disimular este hecho que guardan en su corazoncito, pero que s¢lo a un imb’cil se le ocurrir¡a decirlo en voz alta y en poblico. ¨Qu’ pensar entonces de quien no se limita a decirlo, sino que lo chilla? +O no es chillarlo soltar esa perla cultivada en todos y cada uno de los medios de comunicaci¢n haciendo aquello tan mono del dedito admonitorio, y acompa_ ndolo con la idea no menos delirante de que las opiniones que les han considerado perdedores de las elecciones vascas son pintorescas?
¥Ay, madre!
Jordi Portell
