Uno de los episodios centrales del libro es la investigación por la muerte del hidalgo Gaspar de Ezpeleta, herido en 1605 junto a la casa de los Cervantes en Valladolid. Las declaraciones de una vecina sobre las visitas masculinas que recibía la vivienda contribuyeron, según Castro, a extender sospechas sobre las hermanas, la sobrina y la hija del escritor. La autora sostiene que algunos biógrafos posteriores trataron esos testimonios y los pleitos por promesas matrimoniales incumplidas como pruebas de una supuesta conducta deshonesta, sin examinar suficientemente el contexto ni el resto de la documentación.
La autora reconstruye sus vidas a partir de testamentos, inventarios, contratos de trabajo, dotes, préstamos y pleitos para estudiar qué hicieron, de qué vivieron y cómo defendieron sus intereses.
Su respuesta se apoya, entre otros materiales, en las más de 1.500 páginas de documentos cervantinos reunidas por el profesor Krzysztof Sliwa. Castro propone leer también las escrituras que muestran el trabajo, los bienes y las responsabilidades familiares de aquellas mujeres. Su tesis es que participaron en el sostenimiento económico del hogar, especialmente cuando los hombres de la familia estaban ausentes o atravesaban dificultades.
Leonor de Cortinas, madre de Cervantes, ocupa un lugar destacado en esa reconstrucción. El libro relata sus gestiones para reunir dinero destinado al rescate de sus hijos Miguel y Rodrigo, cautivos en Argel, incluida la obtención de una licencia para comerciar con paños y naranjas en el extranjero. Castro recuerda asimismo las palabras en las que el propio escritor reconoció que las mujeres de su familia habían empleado patrimonio y dotes en aquella empresa.
El trabajo de Andrea de Cervantes, hermana mayor del autor, ofrece otro ejemplo. Según un contrato citado en el dosier de la obra, abrió en Madrid un taller de costura y bordado en 1573. Más adelante asumió la jefatura familiar y actuó ante los tribunales para defender los intereses de su hija Constanza. Castro utiliza estos documentos para cuestionar la idea de que Andrea y las demás mujeres dependieran exclusivamente de los ingresos del escritor.
La investigación dedica también espacio a Magdalena de Cervantes, que se hizo cargo de Isabel de Saavedra, hija de Miguel, tras quedar esta huérfana de madre. Y revisa la historia de la propia Isabel de Saavedra: frente a antiguas biografías que la imaginaron como hija de una dama portuguesa y religiosa en un convento, la documentación recogida en el libro la sitúa como hija de Ana de Villafranca, muestra sus dos matrimonios y permite seguir sus conflictos familiares y patrimoniales.
Castro presta atención, además, a objetos que suelen parecer secundarios en una biografía: escritorios, ropa de casa, libros, joyas o piezas religiosas. Los inventarios y ajuares le sirven para describir las viviendas, el nivel material de sus ocupantes y los usos del espacio doméstico. En la casa de Andrea, por ejemplo, convivían el taller y la residencia familiar. La autora examina asimismo el papel de Catalina de Salazar, esposa de Cervantes, en la conservación y publicación de sus escritos tras la muerte del autor.
Las Cervantas reúne así trayectorias distintas, atravesadas por deudas, desplazamientos, trabajos y litigios. Su propósito declarado es revisar cómo se construyó la reputación de estas mujeres y devolverles un lugar propio en la historia familiar de Cervantes, más allá de los rumores que acompañaron durante siglos al escritor.
Artículo redactado con asistencia de IA (Ref. APA: OpenAI. (2026). ChatGPT (GPT-6, 26 de septiembre)).
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