El modelo de referencia ya no es siempre el rostro de una celebridad. En algunas consultas de cirugía estética, los pacientes buscan reproducir una versión de sí mismos modificada por filtros o inteligencia artificial, con proporciones y volúmenes que no pueden trasladarse a una anatomía real. El cirujano plástico Gustavo Sordo, especializado en rinoplastia y cirugía facial, describe este cambio entre las peticiones que recibe. Con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, que se celebra el próximo 10 de octubre, él y el psicólogo sanitario Andrés Montero Conde analizan el fenómeno que denominan «dismorfia algorítmica»: el rechazo de los propios rasgos tras compararlos de manera continuada con imágenes alteradas digitalmente.
Para Montero, director de Ethos Psicólogos, esa comparación introduce una diferencia respecto a los referentes tradicionales. Un actor o un modelo eran otra persona; una imagen retocada del propio rostro puede percibirse como una posibilidad personal al alcance. La distancia entre la apariencia real y la digital se convierte así en una fuente de exigencia. «Competir diariamente contra una versión perfecta que responde a las leyes de la fotografía y no a las de la biología es una competición muy difícil de ganar», señala.
Querer mejorar el aspecto no es, por sí mismo, patológico. El psicólogo sitúa las señales de alerta en la preocupación que ocupa repetidamente el pensamiento, la comprobación constante de la apariencia ante el espejo o la renuncia a situaciones sociales por la angustia que provoca la propia imagen. Desde esa perspectiva, la cuestión no se limita al rasgo que alguien quiere modificar, sino al lugar que esa preocupación ocupa en su vida y a las expectativas depositadas en el cambio físico.
Los límites de trasladar una imagen digital al cuerpo
Sordo explica que los patrones de simetría generados digitalmente pueden ignorar condicionantes como la vascularización, la función muscular o la viabilidad de los tejidos. Una nariz o unos pómulos diseñados en una pantalla no tienen que responder a esas exigencias; una intervención sobre un rostro humano, sí. Según el cirujano, forzar la anatomía para perseguir esas proporciones puede generar estructuras inestables, problemas funcionales y resultados artificiales que desdibujen la identidad de la persona. También recuerda que la simetría absoluta no existe en la naturaleza y que las pequeñas asimetrías contribuyen a la naturalidad y la armonía facial.
Forzar la anatomía para perseguir esas proporciones puede generar estructuras inestables, problemas funcionales y resultados artificiales que desdibujen la identidad de la persona.
Ante las solicitudes de transformaciones extremas, el especialista defiende las técnicas de preservación, orientadas a conservar las estructuras anatómicas naturales y obtener resultados armónicos a largo plazo. En ese planteamiento, las herramientas de simulación biométrica en tres dimensiones tienen una función educativa: ayudar a explicar qué modificaciones son posibles y dónde están sus límites. Su utilización en consulta debe servir para gestionar las expectativas del paciente. El criterio médico incluye rechazar una petición cuando no resulta viable. «El compromiso deontológico del cirujano ante la dismorfia algorítmica es saber decir no a peticiones técnicamente inviables y priorizar siempre la salud», afirma Sordo.
Cuando la insatisfacción persiste después de una intervención
Montero advierte de que modificar un rasgo no resuelve necesariamente un malestar cuyo origen está en cómo la persona percibe y valora su imagen. En esos casos, la insatisfacción puede desplazarse después de una operación hacia otra parte del rostro o del cuerpo: de la nariz a la mandíbula o a la piel. La intervención cambia una característica física, pero puede dejar intacta la percepción que sostenía el rechazo.
Ambos profesionales coinciden en la necesidad de examinar las motivaciones antes de un procedimiento estético y distinguir entre una búsqueda razonable de armonía y una petición vinculada a un malestar emocional profundo. La pedagogía, la gestión de expectativas y la preservación de la identidad individual forman parte de ese abordaje, que debe atender tanto al bienestar físico como al psicológico.
Fuentes de autoridad: Sordo ejerce como cirujano plástico, estético y reparador en Madrid, cuenta con más de veinte años de experiencia y está especializado en rinoplastia ultrasónica, lifting Deep Plane y cirugía mamaria. Es miembro de SECPRE, AECEP, EASAPS, Rhinoplasty Society Europe y The Aesthetic Society. Montero es licenciado en Psicología, tiene formación de máster en Psicología Clínica, Terapia de Pareja y Psicología Legal y Forense, y acumula más de quince años de experiencia clínica en enfoques cognitivo-conductuales y EMDR.
Artículo redactado con asistencia de IA (Ref. APA: OpenAI. (2026). ChatGPT (6 de octubre)).
