A propósito de la orden de prisión contra 98 militares argentinos emitida por el juez español Baltasar Garzón, presentamos un testimonio de la violencia que ejercieron las dictaduras contra la población civil.br> Carlos Iaquinandi, nació en Bahía Blanca, en 1943. Es uno de los miles de argentinos que se vieron forzados a exiliarse de su tierra, huyendo del terror de la dictadura Argentina.
Bahía Blanca… Allí trabajé en periodismo desde los 16 años. Comencé en un diario vespertino, pero a los 18 me inicié como redactor locutor de informativos de radio.
Ejercer con plena libertad la tarea periodística siempre fue difícil en Argentina, al menos en aquellos tiempos. Mis comienzos coincidieron con los golpes militares contra los gobiernos constitucionales de Arturo Frondizi y después, de Arturo Illia, a mediados de los años 60.
Ya era habitual en esos días de alzamientos militares, que después de redactar las noticias, antes de ir a la sala de locución, se debía entregar las hojas a un oficial. Este las le¡a y decid¡a si pod¡an difundirse o no.
En el recuerdo, esto parece casi una comedia burlesca comparado con lo que nos toc¢ vivir 10 a_os mas tarde…
Los duros a_os 70
Lo que vino despu’s, al comienzo de los a_os 70, fue mucho mas grave. Las agresiones de grupos paramilitares comenzaron durante el gobierno de Per¢n y del que sigui¢ a su muerte: de Isabel Mart¡nez, su esposa. Alentados por sectores de poder econ¢mico, grupos militares y bandas de ultraderecha comenzaron su acci¢n criminal.
Ya en esos a_os previos al golpe militar fueron asesinados diputados, activistas sindicales, estudiantes, sacerdotes, periodistas. En Marzo de 1976, a partir del golpe militar, la represi¢n se hace institucional y es ejercida por las Fuerzas Armadas.
Miles de personas son secuestradas. Algunas aparecen luego asesinadas, otras nunca mas aparecieron. Con la excusa de reprimir a las organizaciones guerrilleras, por entonces completamente diezmadas, generalizaron la represi¢n.
En sus lugares de trabajo, en sus hogares o por la calle, en operativos violentos son secuestrados intelectuales, trabajadores, e incluso j¢venes estudiantes de secundaria. Se dan casos de que al no encontrar la persona a la que buscan, se llevan a algunos de sus familiares.
A_os mas tarde, se supo de la existencia de los campos clandestinos de detenci¢n, dirigidos por oficiales de las distintas fuerzas armadas argentinas All¡ se retuvo, se someti¢ a torturas y luego se asesin¢, a miles de personas.
En mi propia ciudad existi¢ un centro clandestino conocido como «La Escuelita», situado en terrenos del entonces Comando del Quinto Cuerpo de Ej’rcito. Por all¡ pasaron decenas de personas, muchas de las cuales jam s aparecieron con vida.
Algunos pocos sobrevivientes lograron, muchos a_os despu’s, identificar el lugar de su detenci¢n, a pesar de haber sido intencionadamente destruido por los militares. Lo reconocieron por detalles del suelo, por los ruidos pr¢ximos al lugar, entre otras se_ales, imposibles de olvidar.br>
Los periodistas, objetivo militar.
Los periodistas fueron uno de los blancos de la represi¢n. En Buenos Aires, varios prestigiosos redactores de los principales peri¢dicos fueron secuestrados o asesinados. Luego, la represi¢n se extendi¢ al interior del pa¡s.
Algunos compa_eros de trabajo o amigos fueron secuestrados. Otros aparecieron asesinados con huellas de torturas y decenas de impactos de bala. Mi propio domicilio fue allanado en un procedimiento policial. No hallaron nada, ni siquiera libros «sospechosos» segon su peculiar criterio.
As¡ fue que perd¡ gran cantidad de libros y discos. Sab¡amos que pod¡amos ser detenidos por tener libros de Historia o de Filosof¡a de determinados autores, o discos de Mercedes Sosa, de Atahualpa Yupanqui o poemas de Garcia Lorca, Tejada G¢mez, Miguel Hern ndez. Aunque hoy suene grotesco, fue rigurosamente as¡.
Aquellos momentos fueron terriblemente duros para Mercedes, mi esposa, que tuvo que afrontar un procedimiento de m s de una hora, sola en casa, pues yo estaba en el trabajo. Mercedes, con una de mis peque_as hijas en brazos se enfrentaba a cinco o seis hombres armados hasta los dientes, que revisaban toda la casa….
Un terror permanente.
Diariamente se produc¡a algon secuestro o algon asesinato. Las averiguaciones de familiares en hospitales o comandos de las fuerzas armadas no daban ningon resultado. Por el contrario, les aconsejaban «no hacer nada, para no poner mas dif¡cil la situaci¢n del desaparecido».
En julio de 1976, la vida normal se hac¡a imposible. Ya entonces miles de personas hab¡an marchado al exilio. En esas fechas fueron secuestrados dos dirigentes del sindicato de trabajadores gr ficos, a los que conoc¡a personalmente por integrar la llamada Intersindical de Prensa. La organizaci¢n agrupaba a todos los trabajadores de medios de comunicaci¢n: prensa, radio y televisi¢n.
D¡as despu’s aparecieron sus cad veres en un lateral de una carretera en las afueras de la ciudad. Con huellas de torturas y acribillados. Yo les conoc¡a, como digo, y sab¡a que no ten¡an ninguna actividad «subversiva», simplemente hab¡an organizado sindicalmente a los gr ficos.
Ese grav¡simo hecho signific¢ para nosotros la certeza de que era imposible continuar una vida normal. Habl’ con el director de la radio donde trabajaba y me dijo: «Carlos, ni yo mismo s’ qui’n puede ser el pr¢ximo».
Hacia el exilio.
A partir de all¡ decidimos con mi mujer y con algunos amigos que lo mejor era marchar, en la esperanza de que este horror durara poco tiempo. As¡ fue que sal¡ para Madrid en setiembre de 1976, dejando a mi mujer y mis dos hijas.
En octubre de ese a_o consegu¡ trabajo y pude enviar un telegrama a mi mujer para que viajara con nuestras dos peque_as hijas, Ana y Mar¡a Paula, entonces de 2 a_os una, y 8 meses la otra. Lentamente, recomenzamos desde cero. All dejamos nuestras familias, amigos, paisaje, nuestras cosas. Tambi’n mi profesi¢n period¡stica que tanto aprecio…
En 1979 naci¢ Juan, mi hijo var¢n, una forma de ratificar nuestros deseos de vivir, de andar la vida.
A Tarragona, en Reus.
Con el tiempo, la empresa donde trabajaba me ofreci¢ un puesto en una f brica que pon¡an en marcha en el Complejo Industrial de Tarragona y as¡ llegamos a estas comarcas. Casi sin darnos cuenta nos fuimos integrando a la vida de Reus, ciudad en la que elegimos radicarnos, participando activamente en lo social y en lo asociativo.
Aqu¡ crecieron nuestros hijos y esta tierra ser la mitad de nuestras vidas. De all¡ nuestra satisfacci¢n por haber conseguido el hermanamiento de Bah¡a Blanca y de la capital del Baix Camp, y de sus universidades, y de dos colegios de secundaria y de sus elementos culturales.
No, al olvido
Pero el horror pasado no se olvida nunca. Ni a los amigos que no est n. Ni el retroceso que significaron para Argentina los a_os de dictadura. Ni admitimos tampoco la impunidad de todos aquellos que fueron responsables de los cr¡menes, los robos de beb’s, las desapariciones y las torturas.
Por eso apoyamos todo procedimiento jur¡dico que nos acerque a la verdad y la justicia. Muchos predicaron el olvido. La acci¢n del juez Garz¢n es posible porque ha prevalecido la memoria de miles de argentinos que se han constituido en testimonio, en prueba, en documento del horror padecido.
Desde Reus, lejos en distancia, pr¢ximos en sentimiento, acompa_amos a todos aquellos que siguen reclamando Justicia en Argentina, para que el horror no vuelva nunca m s. (Ar-Euro/QR/Pno/Vi-Am/ap
