Cientos de militantes del Partido Socialista apostados en los alrededores de la Plaza de la Constitución, lanzaron huevos y monedas y gritaron «traidores» y «vendidos» a las autoridades que llegaron a la inauguración del monumento a Salvador Allende. Entre los «damnificados» estuvieron Mario Fernández, Carlos Altamirano e incluso la «Tencha» y su hija Isabel.
El día del natalicio del Presidente Salvador Allende fue el elegido para inaugurar un monumento en su memoria y rendirle un homenaje, que incluyó un discurso de Ricardo Lagos.
A la inauguración del monumento, ubicado en la Plaza de la Constitución, en la intersección de Morandé y Moneda, se esperaba una enorme concurrencia de militantes y adherentes del Partido Socialista.
Ello obligó a reforzar la seguridad del perímetro de la plaza, que desde anoche fue totalmente rodeado de barreras de contención. Esta mañana se apostó una fuerte vigilancia policial sobre las cerca de tres mil personas que llegaron al lugar, la mayor¡a de ellas enarbolando banderas del Partido Socialista.
A su llegada a la ceremonia, los parlamentarios de la Concertaci¢n y autoridades fueron recibidos con gritos de «traidores» y «vendidos» y recibieron verdaderas lluvias de monedas e incluso de huevos, junto con peticiones a viva voz de «juicio y castigo a Pinochet», todo ello en el marco del rechazo a los acuerdos de la mesa de di logo.
Pifias y gritos
Entre los «damnificados» por los gritos e insultos -y casi por los huevos- estuvieron el ministro de Defensa, Mario Fern ndez; el ex senador socialista, Carlos Altamirano, y el actual parlamentario del mismo partido, Carlos Ominami. Apenas se salvaron de los huevos la viuda de Allende, Hortensia Bussi, y su hija, Isabel.
Incluso los discursos de Jaime Ravinet, quien habl¢ en su calidad de alcalde de Santiago, y Ricardo No_ez, presidente del PS, apenas pudieron escucharse en medio de ensordecedoras pifias. Estas s¢lo se calmaron cuando habl¢ Jos’ Bono, presidente de la comunidad aut¢noma de Castilla La Mancha.
A Lagos tampoco le toc¢ m s f cil. Debi¢ soportar insistentes gritos de «juicio y castigo a Pinochet» que lo obligaron a improvisar gran parte de su discurso, que adem s se demor¢ porque esper¢ que se calmaran los gritos.
Las expresiones de «traidor» que acompa_aron extensos p rrafos de su discurso y otras por el estilo lo llevaron a notarse visiblemente molesto toda la ceremonia. Al final respondi¢ a los gritos lo de siempre: que el tema Pinochet es de los tribunales, lo que -obviamente- no satisfizo a la multitud.
