De forma recurrente sale a la palestra el tema de si es necesario o no pedir perdón por los excesos que unos y otros cometieron en el fragor de un episodio tan dramático como la guerra civil española, e incluso por su muy desagradable secuela, la dictadura fascista que duró casi cuarenta años. Sólo en contadas ocasiones se oye, o se lee, que alguien, casi siempre en nombre propio, pide perdón por aquellos hechos, pero lo más corriente es que a la que se toca el tema unos y otros empiecen a enumerar los agravios de los del otro bando, para acabar preguntando si es de aquello de lo que precisan pedir perdón, de los males que los otros les infligieron. No deja de ser curioso que una de las instituciones a las que con frecuencia se le reclama esta contrición sea la iglesia católica, de la que se esperaría que sus raíces teóricas cristianas la hicieran apta para esta clase de actos de una manera especial, pero no es así, y una y otra vez rehusa hacerlo enarbolando la cantidad de mártires que la vesania de una parte de sus adversarios les dej¢ en el martirologio.
Hablando en nombre propio tengo que decir que yo no mat’ a nadie, ni de los unos ni de los otros, si no por otra circunstancia por la simple raz¢n que nac¡ cuando ya hacia algunos a_os que hab¡a terminado la guerra – aunque no el continuo de represalias de los vencedores, que aun duraron muchos a_os -, pero en cambio s¡ me toc¢ aguantar y sufrir la feroz dictadura que con el apoyo de tan excelsa instituci¢n dur¢ hasta bien entrada la d’cada de los setenta, cuando yo ya era m s bien mayorcito, sin que no tan s¢lo nadie me haya pedido nunca perd¢n por ello de forma espontanea, sino rehusando hacerlo cada vez que habr¡a ocasi¢n para ello.
Que no pueda estar incluido por raz¢n de la edad en la categor¡a de los que tienen cosas de las que pedir perd¢n a ra¡z de aquellas barbaridades, no quiera decir que yo sea ningon santo – lo hago constar a t¡tulo personal y en primera persona para no esconderme en la c¢moda pluralidad del culpable colectivo -, ni que en m s de una ocasi¢n no haya hecho cosas de las que, habiendo tenido m s que sobrados motivos para pedirlo, tampoco lo haya hecho, por lo menos de entrada, ampar ndome m s o menos en el mismo tipo de argumentaci¢n: » Yo no me he portado bien, pero que conste que el otro tampoco, o sea que en el peor de los casos estamos empatados», ‘sta que despu’s de formularla da como aparente consecuencia la desgraciada idea que del mal de cualquier clase que yo haya podido cometer no es necesario que pida perd¢n. Pero ocurre que, a poco que uno quiera ser honesto consigo mismo y a la que se lo piensa con un poco m s de equidad, se da cuenta que eso no es as¡ ni mucho menos, y que en realidad es necesario que lo hagamos incluso sin esperar reciprocidad, si acaso uno cree que sus agravios los ha producido en tal clase de clima. Cuando tal claridad se introduce en su cerebro con la suficiente profundidad, y ha acudido al m’dico en busca de ayuda, se despierta sobresaltado por la noche reviviendo con toda crudeza sus animaladas, sin paliativos ni compensaciones de ninguna clase, y se le acaban de aclarar las pocas dudas que aun hubiesen podido quedarle. Puedo decir que exactamente eso me ha ocurrido a m¡, y por ello, aunque no me corresponda pedir perd¢n por nada de la guerra civil aquella, s¡ me toca pedirlo por una especie de guerra civil particular que he tenido estos oltimos a_os, y desde aqu¡ pido sinceramente y con toda humildad perd¢n a una de las personas a las que m s quiero, mi esposa Antonia, por todos y cada uno de los agravios de toda clase – incluso f¡sicos, para especial¡sima verg_enza m¡a – que le he infligido de tanto en tanto en el transcurso de estos a_os, llevado de mi muy enfermizo mal genio y de mi no menos err¢neo concepto acerca de qu’ compensa qu’.
Invito a todo el mundo a acostumbrarse a pedir perd¢n. No les puedo garantizar que el ofendido les perdone, pero si puedo hacerlo acerca de conseguir una superior tranquilidad de esp¡ritu, la que da la agradable sensaci¢n de haber hecho finalmente algo a lo que uno estaba moralmente obligado y que, por toda una serie de err¢neos conceptos, hab¡a cre¡do que a ‘l no le era necesario y que, si acaso, era la otra parte la que ten¡a que hacerlo, ampar ndose en cuestiones que, a la hora de la verdad, uno puede comprobar que en realidad no tienen tanta entidad, si es que tienen alguna. En el mejor de los casos devolver mal por mal es una fechor¡a, y de ‘sta hay que pedir perd¢n a quien haya sido su v¡ctima. Empecemos predicando con el ejemplo. A ver si hay suerte y creamos escuela.
Jordi Portell
Barcelona
