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TRIUNFO Y DERROTA DEL MOVIMIENTO POPULAR A UNA SEMANA DEL DESENLACE

escrito por Jose Escribano 30 de enero de 2000
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El movimiento indígena y popular y un grupo de militares encabezados por coroneles jóvenes tomaron durante tres horas el poder en Ecuador y, en medio de movilizaciones crecientes, «tocaron el cielo» por un instante. Pero finalmente la burguesía, aliada con el alto mando de las Fuerzas Armadas retomó el control de la situación. La abierta presión norteamericana, la unidad de la burguesía, la lenta incorporación a las movilizaciones de los sectores populares urbanos y la oportunidad con que las fuerzas armadas superaron las fisuras, determinaron el desenlace La rebelión popular fue derrotada esta vez, pero las causas profundas de la crisis no han sido superadas.
La situación cambia de un momento al otro

La situación varió radicalmente de un momento a otro. A las 10 de la mañana del viernes 21 de enero, un numeroso grupo de indígenas, acompañados por militares encabezados por el coronel Lucio Gutiérrez, tomó el palacio legislativo, desconoció los poderes del Estado e instal¢ una junta de gobierno formada por Guti’rrez, Antonio Vargas, l¡der de la CONAIE, y Carlos Sol¢rzano Constantine, ex presidente de la Corte Suprema de Justicia. A las tres de la tarde, el ministro de Defensa, general Mendoza, hizo poblico que las Fuerzas Armadas le hab¡an pedido la renuncia a Mahuad, pero insist¡an en una salida constitucional (segon la Constituci¢n vigente, ante la falta definitiva del Presidente, deben sucerderlo el vicepresidente o el presidente del Congreso). Pero Mahuad contest¢ con un pronunciamiento en el que rehusaba abandonar el mando.

Durante toda la tarde la tensi¢n fue creciendo: funcionarios del gobierno de Mahuad hicieron saber que contaban con el respaldo de la OEA, de varios pa¡ses de Am’rica y del mundo y, sobre todo, del gobierno de Estados Unidos; al mismo tiempo, los empresarios, la derecha y la gran prensa hicieron causa comon «con la democracia», es decir, por la renuncia de Mahuad y su reemplazo por el vicepresidente, Gustavo Noboa. Peter Romero, ex embajador norteamericano en Ecuador y actualmente alto funcionario del Departamento de Estado, declar¢ en entrevista con medios locales que al Ecuador le esparaban sanciones y bloqueos «como a Cuba». Entretanto, en Guayaquil, en casa del expresidente Febres Cordero, se reun¡an militares de la Zona militar, grandes empresarios y dirigentes socialcristianos, roldosistas y demopopulares.

En muchas ciudades, a todo esto, comenzaron a organizarse manifestaciones populares que rodearon gobernaciones y exig¡an la salida del gobierno y su reemplazo por la junta de Gobierno. Hora tras hora, la movilizaci¢n del pueblo iba creciendo; en las oltimas horas de la tarde, se sumaron tambi’n os transportistas. Hora tras hora, tambi’n, se incrementaba la rabia de los voceros de la burgues¡a, que, en pronunciamientos cada vez m s virulentos, exig¡an mano dura para enfrentar «la subversi¢n».

Durante la noche, una manifestaci¢n de m s de 40 mil personas en la que confund¡an ind¡genas, trabajadores, estudiantes, mujeres, peque_os comerciantes, moradores de barrios pobres y militares, se dirigi¢ a la casa de gobierno. All¡, los integrantes de la junta de gobierno estuvieron reunidos con el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y los diputados de la Izquierda Democr tica, generales Paco Moncayo y Ren’ Yandon hasta la medianoche. A esa hora, comunicaron, primero a la gente reunida en la plaza grande -al pie de la casa de gobierno- y despu’s a todo el pa¡s por medio de una cadena de radio y televisi¢n, que se hab¡a formado una junta de gobierno integrada por Sol¢rzano, Vargas y el general Mendoza. Se supo que Guti’rrez hab¡a declinado finalmente «en aras de la unidad». El descontrol de los poderosos se hizo patente de inmediato: incluso el ex presidente Oswaldo Hurtado olvid¢ su tradicional mesura para amenzar a las organizaciones populares con enfrentamientos en las calles; el mismo tenor lucieron Le¢n Febres Cordero y el presidente de la C mara de Comercio de Quito. Sin embargo, a las 2 de la madrugada, Mendoza aband¢ el palacio de gobierno y renunci¢ a la junta; a esa hora, el comando conjunto se pronunci¢ por la asunci¢n de Noboa. Finalmente, a las 7 de la ma_ana, Noboa se posesion¢ en el ministerio de defensa, acompa_ado por el alto mando militar y por el comandante general de la polic¡a.

En su primera declaraci¢n, el ex vicepresidente, de quien se hab¡a dicho que ten¡a ambiciones de sucesi¢n, anunci¢ que impondr¡a el orden con «rigor y firmeza», que pondr¡a en marcha la dolarizaci¢n de la econom¡a, y que profundizar¡a la «modernizaci¢n» (es decir, las privatizaciones). Al mismo tiempo, hizo profesi¢n de obediencia al «orden jur¡dico internacional». Pero tambi’n prometi¢ «retomar la justicia social» y atender los reclamos sociales.

Al mediod¡a, la mayor¡a de ind¡genas que hab¡a tomado una semana atr s la capital, se hab¡an retirado, emprendiendo el retorno a sus comunidades. El coronel Guti’rrez y sus compa_eros hab¡an sido arrestados, las fuerzas especiales y la polic¡a desalojaron a los ind¡genas que se manten¡an en el Congreso y en el parque del Ejido, y el l¡der de la Conaie, Antonio Vargas abandon¢ la capital protegido por un numeroso contingente de ind¡genas.

Un poco antes, a eso de las 10, Mahuad apareci¢ en cadena de radio y TV, anunciando que no hab¡a renunciado ni abandonado el cargo, sino que hab¡a sido derrocado, y un presidente derrocado ni renuncia ni abandona su cargo. No obstante, anunci¢ su apoyo al recu’n posesionado gobierno de Gustavo Noboa.

En Guayaquil, mientras tanto, se reun¡a el Congreso, estrenando el nuevo pacto socialcristiano-roldosista-demopopular, que, considerando que Mahuad hab¡a abandonado el cargo, lo reemplaz¢ por Noboa y exigi¢ sanciones ejemplarizadoras contra los «insurrectos». Como siempre, se sumaron los peque_os sat’lites: el FRA y el partido conservador. No estuvieron presentes los diputados de Pachakutik, del MPD, el onico diputado socialista y el general Moncayo.

Los grandes empresarios, los partidos pol¡ticos que protegen sus intereses y la prensa que les hace eco pudieron, por fin, despertar de su «pesadilla». Lecciones y tareas El movimiento ind¡gena y popular fue derrotado. Aon no es clara la magnitud de la derrota, y no pueden preverse plenamente sus consecuencias. No obstante, hay algunas lecciones que ya est n claras.

La sociedad ecuatoriana est  cada vez m s profundamente polarizada, y los conflictos asumen de modo claro un contenido de confrontaci¢n de clases. La burgues¡a, con toda su institucionalidad cerr¢ filas en torno a su orden, a su programa y a su institucionalidad. Todas sus fisuras fueron puestas a un lado ante el temor y el odio que sienten por la movilizaci¢n popular. La profundizaci¢n del modelo neoliberal ha profundizado, tambi’n, la polarizaci¢n social.

Es evidente que en las fuerzas armadas, especialmente en el ej’rcito terrestre, existe una corriente nacionalista que se siente vinculada a los problemas del pueblo y que busca realizar, con una alianza social, un proyecto de desarrollo distinto. En su proclama, el coronel Guti’rrez se refiri¢, como antecedentes de su acci¢n, a la revoluci¢n liberal, encabezada en 1895 por Eloy Alfaro, y a la revoluci¢n juliana, un movimiento de militares j¢venes que en 1925 derroc¢ el poder de los banqueros. Sin embargo, los disensos, que se han manifestado visiblemente desde 1997, cuando las fuerzas armadas demoraron en tomar una posici¢n comon frente a la movilizaci¢n contra Bucaram, no son aon significativos. En estas condiciones, una estrategia que asentaba casi todas sus posibilidades de ‘xito en los pronunciamientos militares era necesariamente d’bil; lo que no debe hacernos olvidar la importancia de que tales corrientes persistan en el ej’rcito, as¡ como de posibles encuentros en el futuro.

Las movilizaciones populares continoan signadas por fuertes discontinuidades y desencuentros. Mientras el campo estaba movilizado y los ind¡genas sobrellevaban el mayor peso de la lucha, en muy pocos lugares este esfuerzo fue acompa_ado por movilizaciones urbanas significativas. Excepto en Cuenca, en casi todas las dem s ciudades principales, la mayor¡a de los sectores populares urbanos no comenzaron a movilzaron sino cuando los militares y los ind¡genas se tomaron el Congreso y, especialmente, cuando comenz¢ la marcha sobre el palacio de gobierno. Pero la mayor¡a no lleg¢ a movilizarse cuando el movimiento ya hab¡a sido derrotado. Al parecer, la estrategia dise_ada no tom¢ suficientemente en cuenta estas disparidades del movimiento popular. Es evidente que una tarea urgente e indispensable es profundizar los puntos de encuentro.

Sin embago, el movimiento indigena y popular puede tambi’n reclamar victorias como resultado de estas luchas. En primer lugar, Mahuad fue, finalmente, echado del gobierno. Y eso fortalece en la conciencia social la convicci¢n de que los gobiernos no pueden hacer lo que se les ocurra, de modo autoritario y despreciando las necesidades y las opiniones del pueblo.
Si el pueblo es el soberano en democracia, los gobiernos s¢lo son leg¡timos cuando responden a los intereses del pueblo.

Es importante, tambi’n, que las luchas sociales hayan adquirido, casi naturalmente, un claro car cter de clase, al mismo tiempo que sectores cada vez m s diversos se hayan involucrado en la lucha: a los sectores que han estado presentes en las protestas del a_o pasado se han sumado importantes contingentes juveniles, que comienzan a despertar de la apat¡a; y esta vez fue significativa la presencia de religiosos (y de esta corriente de militares). Tendencialmente, las articulaciones sociales se perfilen con mayor notoriedad, aunque los ejes de encuentro var¡en en cada ocasi¢n: en 1999, fueron los ind¡genas y los taxistas; en este comienzo del 2000, los ind¡genas y la corriente nacionalista de los militares j¢venes.

Por otra parte, la mayor¡a de la poblaci¢n ha podido percibir con claridad que los pol¡ticos, las instituciones estatales, los partidos, las copulas de las fuerzas armadas y de la iglesia, responden a los intereses de las clases dominantes. Hay, por lo tanto, mayores osibilidades para reforzar una conducta pol¡tica del pueblo que sea independiente de la burgues¡a.

Adem s, los parlamentos del pueblo quedan como una conquista para luchas futuras. Es muy probable que ellos mismos, o formas similares, puedan ser retomados cuando la ocasi¢n se presente. En cambio, no es claro si podr n mantenerse aon por un tiempo, incluso modificando su funci¢n hacia el control social y ciudadano sobre los gobernantes. El desarrollo de la organizaci¢n popular es otra tarea inmediata.

Es claro que tambi’n hay riesgos. En primer lugar, no es posible eludir la derrota producida, y toda derrota trae consecuencias, en primer lugar de desmoralizaci¢n. Los ind¡genas regresaron a sus comunidades con una mezcla de indgnaci¢n y frustraci¢n; muchos de ellos lloraban al subir a los camiones y camionetas que los llevar¡an de vuelta a sus lugares de origen. El mismo sentimiento pod¡a observarse en gente del pueblo que se lamentaba por no haber apoyado a tiempo al movimiento. Esto puede traducirse no solo en mayores dificultades para que la gente se organice y se movilice, sino a ensanchar las brechas entre ellos.

En segundo lugar, todav¡a no se sabe cu n dura ser  la represi¢n. La ministra fiscal anunci¢ que iniciar¡a juicos contra los «insurrectos», y que estos deber¡an ser castigados ejemplarmente. Es obvio que la intenci¢n es descabezar a la corriente nacionalista de los militares, pero es muy probable que las ansias de revancha se dirijan tambi’n sobre las organizaciones populares.
Por supuesto, es probable que la represi¢n se acompa_e de intentos de dividir el movimiento, especialmente en lo que a los ind¡genas se refiere: las peque_as concesiones estatales pueden ser utilizadas en esta direcci¢n.

En tercer lugar, la profundizaci¢n del modelo y el empobrecimiento, que hasta ahora han permitido ensanchar la base de la protesta social, pueden ahora, sumadas a la sensaci¢n moral de la derrota, profundizar el desaliento popular.

Ahora bien: nada permite suponer que la crisis del r’gimen haya sido superada, y ella va a seguir siendo un componente inseparable de la vida social y pol¡tica del pa¡s, por lo menos, durante un tiempo m s. De modo que la lucha social no puede simplemente ser descartada. La rebeli¢n del 21 de enero fue derrotada, pero el movimiento popular tiene aon reservas morales, organizativas y pol¡ticas, aunque hayan quedado golpeadas. Muchas cosas deber n ser revisadas y examinadas serenamente, pero la tarea sigue siendo enfrentar al modelo de empobrecimiento y autoritarismo, y las condiciones probablemente ser n m s dif¡ciles. Y no hay otro camino que la lucha.

Por Juan Adolfo Montenegro

Autor

  • JAE
    Jose Escribano

    Responsable de Contenidos en Informativos.Net

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