De igual manera, todos los ecuatorianos conocen al dedillo las otras tres regiones que integran la parte continental de su idolatrado territorio: Costa, Sierra y Oriente. Todo el mundo sabe que cada ecuatoriano se siente muy orgulloso de los nevados, los lagos, los ríos, los volcanes, las playas y las selvas de su patria. Es un exquisito placer oírlos hablar de la Santa Cruz, de la Isabela, del Chimborazo, del Cotopaxi, de su «lindo Quito de mi vida», de «Ambato, tierra de flores», del Río Guayas, de «Guayaquil de mis amores», de «Cuenca de mi Ecuador» o «la España que canta», y de tantos otros lugares privilegiados de la naturaleza, o fruto de la creatividad y el trabajo de los vástagos de ese fabuloso país.
Sin ir muy lejos, el vivo paradigma de lo predicho está personificado en los ecuatorianos oriundos de la provincia del Azuay, quienes, ante la pura euforia de sentirse ecuatorianos, hasta hablan cantando. Por tanto, no resultaría hiperbólico afirmar que, dentro y fuera del Ecuador, no debe existir ecuatoriano que –antes de entregarse a los brazos de Morfeo– no le agradezca al Todopoderoso por la incre¡ble fortuna de haber nacido en un pa¡s tan, pero tan fuera de serie.
No obstante, comparada con la historia, la geograf¡a de ese pa¡s enrojece de verg_enza. La historia es la que realmente convierte al Ecuador en un superdotado, en un aut’ntico «superm n andino». Para empezar, sus or¡genes se remontan al grandioso imperio de los incas, el Tahuantisuyo (que ocupaba casi toda la Am’rica del Sur). Al que suceder¡an, primero –con el advenimiento del dominio espa_ol– la Real Audiencia de Quito, y –despu’s de la independencia– la Gran Colombia (integrada por lo que ahora es Panam , Colombia, Venezuela, Ecuador y gran parte del nordeste peruano). Como puede verse, el Ecuador «ha progresado», aunque su territorio se haya reducido considerablemente. Un pa¡s peque_o tiene sus ventajas, una de ellas es que puede administrarse mejor. Y en esto no hay quien supere a los ecuatorianos, quienes –por raz¢n de su largueza y talento desbordantes– administran su peque_o pa¡s ciertamente –llev ndose los dineros del mismo– a lo grande.
La historia pol¡tica del Ecuador es simplemente impecable. Los gobiernos, por ejemplo, son los m s honestos del planeta. Los pol¡ticos prefieren la c rcel o, lo que es peor, abandonar apresuradamente el pa¡s antes de ser tildados de corruptos (si no recordemos los oltimos gobiernos sin excluir el actual). Los funcionarios poblicos, comenzando por el presidente –as¡ como los venerables diputados, los abnegados diplom ticos y los bizarros militares–, no cobran sueldos, se pagan sus propios viajes y hasta hacen cuantiosas donaciones al erario estatal; trabajan de sol a sol y de sombra a sombra s¢lo por el placer de servir a la Patria (as¡ con P mayoscula). Cuando terminan su per¡odo de funciones salen m s pobres y envejecidos, y no forrados de billetes, rosadotes y llenos de vida, como en los otros pa¡ses.
Adem s, los ecuatorianos jam s han experimentado problemas, menos aon conflictos sociales; ricos (que son poquitos) y pobres (casi toditos) se llevan como buenos hermanos, y todo lo comparten muy equitativamente, en especial la mediocridad. +Regionalismo? Ni hablar, en el Ecuador no existe: Longuitos y monitos se adoran mutuamente. El racismo tampoco ni se conoce: Los ind¡genas, que son la mayor¡a (alrededor del cincuenta por ciento de la poblaci¢n), viven muy satisfechos en los p ramos andinos, habitando en c¢modas y modernas mansiones de barro y pajonal. Para demostrar lo bien que la pasan, bajan en bandadas a las ciudades donde duermen en las calles y mercados, felices de recibir limosnas, de alimentarse con desperdicios y de vestir harapos. ¨Qu’ les importa todo esto si forman parte integral de un pa¡s tan, pero tan maravilloso?
Los jubilados de esa wonderful banana republic, que se ha ganado el merecido apelativo de «La Florida de las Am’ricas», se sienten tan dichosos y privilegiados que no pueden evitar salir masivamente a las calles a cantar y bailar, tan complacidos por tanta bienaventuranza que hasta se mueren del puro ‘xtasis.
¨Corrupci¢n, desocupaci¢n, insalubridad, desnutrici¢n, delincuencia, prostituci¢n, problemas de vivienda, devastaci¢n ambiental? Jam s en el Ecuador. Peor analfabetismo. Los ecuatorianos nacen hablando tan elocuentes como Velasco Ibarra, leyendo y escribiendo como leg¡timos hijos de… Juan Montalvo. En suma, no hay ecuatoriano inculto. Todos leen y escriben libros, aman las artes y las ciencias. Todos son eruditos y profesionales: nacen con t¡tulos universitarios en todas las ramas del conocimiento. Y si por acaso haya algo que no sepan, no problem: Lo inventan.
Y es que en originalidad no hay nadie que supere a los ecuatorianos. Al invierno le llaman verano y, al verano, invierno. Al sucre, la moneda nacional –en honor del Mariscal de Ayacucho Antonio Jos’ de Sucre–, ahora le dicen d¢lar — en honor a un h’roe de los Estados Unidos, el general George Washington. A los h’roes nacionales, como Rumi_ahui, Montalvo, Alfaro, los han reducido a su verdadera estatura, y ahora figuran en la moneda fragmentaria, la que vale menos de un d¢lar; es decir, menos que un washington.
Aqu¡, en Nueva York, por ejemplo, son asiduos al teatro, los recitales de poes¡a y los conciertos. Si una sala de teatro est llena, d’ por sentado de que est llena de ecuatorianos. Tanto los de all como los de ac son vidos lectores. Los ecuatorianos son los m s grandes consumidores de libros. Pr cticamente los devoran. Todos son escritores, cient¡ficos y artistas. Anualmente se entregan m s de doce millones de premios N¢bel. Todos ellos exclusivamente para ecuatorianos. Y para qu’ mencionar el deporte; campeonatos del mundo, medallas ol¡mpicas: los ecuatorianos siempre barren con todo.
Los ecuatorianos, altruistas y ansiosos de compartir, salen por el mundo a pregonar su envidiable ventura. Por eso vienen a los Estados Unidos a c¢mo d’ lugar: Como turistas, cruzando la frontera con M’xico o Canad ; como polizontes en los barcos mercantes. Una vez aqu¡, inmediatamente se dedican por completo a difundir el evangelio de los evangelios: ¥El Ecuador existe, el Ecuador existe! Dios no es argentino, como se cre¡a hasta hace poco, sino ecuatoriano y vive en Vilcabamba –para¡so de la longevidad– (tiene varias mujeres, un tropel de hijos, nietos, biznietos y tataranietos, bebe aguardiente de ca_a, fuma tabaco negro, blasfema como un estibador) y se siente tan feliz de ser ecuatoriano que no quiere morirse.
En esta ciudad (Nueva York) los ecuatorianos son modelo de civismo y solidaridad. Da gusto verlos c¢mo se organizan en incontables «instituciones» cuyo onico fin es el desarrollo de la comunidad. La conducta, poblica y privada, de estos seres superiores es sencillamente intachable. No saben de «malas palabras», peor de malos actos. Y cuando regresan a su patria, son recibidos con los brazos abiertos, como lo que son en realidad: Verdaderos h’roes, sabios y santos.
Noble amigo lector, si usted no tiene la rara fortuna de ser ecuatoriano, por favor no se desespere. No se suicide. Res¡gnese por ahora. Aunque menos venturoso en esta vida, si usted le reza devota y diariamente al mencionado Se_or de Vilcabamba –el onico y verdadero Dios–, quiz tenga una remota esperanza –en alguna de sus futuras reencarnaciones– de gozar la gloria suprema de nacer, vivir y morir (¥aleluya, aleluya!) ecuatoriano.
Petronio Rafael Cevallos
