El sol se empina majestuoso, casi vertical, sobre nuestras cabezas. Israel me salpica agua con las manos. Siento en mi boca la rara mezcla de sabores –salino del agua marina y alcalino de la esperma con que él había acabado de irrigar mi rostro y mi cuerpo.
«Te voy a violar», me agarra por detrás, mientras se las ingenia para sobarme las nalgas.
«Eres un bruto», lo provoco y me dejo caer en el agua.
«Ese insulto te va a costar muy caro».
Me le escapo de entre los brazos, como una lisa resbalosa. Me sumerjo en las alborotadas y chispeantes aguas azules. Permanezco buceando por unos segundos y voy a salir a varios metros de distancia. Pero Israel es un nadador excelente y en pocas brazadas ya está sobre mí.
«Suéltame, degenerado», trato de morderlo.
«No», me abraza muerto de risa, «no sin antes de recibir tu merecido».
Se prende de mí, como un oso en celo. Otra vez estamos ardiendo. Siento su enorme miembro contra mis muslos, mi vientre, mis nalgas. Casi espontáneamente, me voy entregando a mi vencedor. Estamos con el agua hasta el pecho. Me volteo para facilitar la penetraci¢n. Me abre los gloteos con estudiada ternura que contiene siglos de ansiedad y anhelos reprimidos. Lo siento entrando, ingresando, penetrando (o como se quiera decir). Todo mi ser lo recibe y lo acomoda con una gratitud que no conoce l¡mites.
Me doy toda. Acojo en mis entra_as todo ese tributo de sangre inflamada, macerada y potente, que me socava y enloquece. Mis caderas son un remolino en el Pac¡fico. Hacemos el amor en el santuario del agua. Mi vencedor ya no es mi vencedor, sino mi compa_ero en el placer que compartimos. Devoro, glotona e insaciable, las soberbias embestidas de su poderosa lanza. Hago m¡a su rebeld¡a f lica. Sus manos acarician mis pechos, mientras me muerde ligeramente los hombros. Somos una sola vibraci¢n, un solo cuerpo ondul ndose, cobijados en las fluidas y transparentes s banas de un t lamo inmemorial.
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Repentinamente, Alc¡var, el forajido del pueblo, chorreante de agua, se materializ¢ ante la perpleja concurrencia y, dirigi’ndose a Chal¡, dijo:
«Mira, te traigo un lorito que sabe silbar, echar piropos, contar cachos y hasta insultar a la madre en ingl’s. Ojal que te sirva de compa_¡a. Hasta siempre, Chal¡».
Luego, como una centella, deposit¢ al loro sobre el altar mayor y sali¢ corriendo antes de que nadie reaccionara. El loro, mirando con un solo ojo a la boquiabierta audiencia, se puso a repetir:
«¥Viva el diablo, iu sannababich!».
Afuera, la tormenta rug¡a como una bestia malherida. Tobita, como un gallinazo de mal ag_ero –empapado hasta el alma y tiritando de fr¡o y de rabia–, no cesaba de vocear sus ominosas y sacrosantas imprecaciones, las que, confundidas con el creciente fragor de los truenos y el diluvio, resonaban con toda la carga y estruendo de una implacable profec¡a:
«¥Todos, pero todos, menos Chal¡ Fabiani, son una tracalada de cojudos. Todos, pero todos, menos to, Chal¡, valen puritita verga y menos que verga, so caterva de cachudos y chuchonas!».
La iglesia se mec¡a como una nave a la deriva.
«Ese loco est aguando la fiesta», le susurr¢ Cocoliso Perdomo a Rulito Garc¡a (ac¢lito de empedernidos fisgoneos bajo los pisos de las mujeres m s codiciadas de Anc¢n). A lo que Rulito respondi¢: «No es para menos. El pobre loco debe estar empapado hasta el alma».
Mientras el oficiante del culto, el cura Valarezo, ajeno a lo que le rodeaba, sonre¡a, como pose¡do por un trance m¡stico. A pesar de las maldiciones de Tobita, nunca, antes o despu’s, la feligres¡a de Anc¢n hab¡a colmado su templo de emoci¢n tan intensa y sincera. Por petici¢n del profesor Bol¡var Cevallos Ontaneda, Chal¡ cant¢, acompa_ado del coro, el «Ave Mar¡a» y una docena de canciones; entre ellas, una que empap¢, esta vez de l grimas, a todos los presentes:
No te digo adi¢s,
te digo hasta siempre.
No hay adi¢s entre las almas
que se quieren de verdad…
Y, como despedida, el himno de Anc¢n:
Joven del campamento minero,
elevemos un himno a la vida
y con ella tambi’n al progreso
que entusiastas debemos forjar…
Para que en un cercano ma_ana
seas un hombre amante del Bien…
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Aqu¡, en este preciso lugar, aqu¡ mismo te has excitado. Me deseas. Hemos venido los dos de caminata por la vega llena de acacias, cascoles, cucubes, chocotas, chocotorrines y qui’n sabe qu’ cosas vivientes m s. Nos hemos venido a pie a La Delicia del Tambo. Buscaremos nidos y luego haremos navegar nuestros barquitos de balsa en la albarrada.
La campi_a vibra, inmensa, alrededor.
Esta ma_ana casi me he roto la nariz. Se me hab¡a hiperventilado el mate y me he largado de bruces por tu culpa: Diz que ense_ ndome c¢mo se da respiraci¢n boca a boca. Ahora, aqu¡, entre el follaje, me doy cuenta de tus intenciones. Hemos fumado grifa –chola pero bien corroncha– y bebido media botella de puro entre los dos.
Te has excitado en el preciso instante cuando un donde es una rala corriente de agua que menos que cristalina baja, como quej ndose, entre unas ahuevadas piedras, hasta hacerse un charco que, a veces en verano, suele reflejar la luz del sol.
Abruptamente, nos hemos olvidado de los nidos. Esta vez, nunca alcanzaremos a llegar a la albarrada. Ya no necesitaremos nuestros lindos barquitos de balsa. Tus ojos me han dado la clave. Nuestros cuerpos, buscando refugio tras unos matorrales, habr n de navegar otras aguas.
Petronio Rafael Cevallos
