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Cultura

EXPOSICIÓN: 7.000 AÑOS DE ARTE PERSA

escrito por Jose Escribano 16 de septiembre de 2003
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El arte de Irán es el resultado de un largo proceso ininterrumpido que, a pesar de las invasiones de pueblos extranjeros, ha conservado su carácter original. En Occidente se tiende a identificar la cultura de Irán con el mundo islámico y a olvidar su herencia milenaria: desde la evolución tecnológica y cultural del Neolítico hasta las dinastías aqueménida, seléucida, arsácida (partos) y sasánida. La exposición 7.000 años de arte persa quiere acercarnos a este pasado a partir de destacadas piezas procedentes del Museo Nacional de Teherán, testimonios excepcionales y, en parte, aún inéditos fuera de Irán. Cerámicas, sellos y tablillas con las primeras escrituras, objetos de bronce y recipientes de culto zoomorfos, relieves de Persépolis y vajillas de oro y plata son algunos de los elementos expuestos que permitirán al visitante revivir la fascinación que Europa ha sentido durante siglos por la antigua Persia. Esta muestra, la mayor de estas características organizada en el extranjero tras el triunfo de la Revolución islámica en Irán (1979), ha nacido por iniciativa del Kunsthistoriches Museum de Viena y llega a Valencia tras visitar diferentes ciudades europeas.

La exposición 7.000 años de arte persa, producida por la Fundación ”la Caixa” en colaboración con la Generalitat Valenciana, se podrá ver en el Museo de Bellas Artes de Valencia (C/ Pío V, 9) del 17 de septiembre al 2 de noviembre de 2003. Esta muestra ha sido comisariada por el Dr. Wilfried Seipel (director general) y por Michael Alram (conservador jefe del departamento de Numismática), ambos del Kunsthistorisches Museum de Viena, y Erika Bleibtreu, del Institut für Orientalistik de la Universidad de Viena.

Un total de 176 objetos de gran valor arqueológico, histórico y artístico muestran a lo largo de la exposición, y de forma cronológica, 7.000 años de la historia de la humanidad y del grandioso pasado de Irán. La primera parte de las dos que conforman la exposición, muestra la diversidad de culturas en las diferentes regiones de Irán, desde el Neolítico hasta la Edad del Hierro. En la segunda, los objetos expuestos dan cuenta de la riqueza del legendario imperio persa de la dinastía aqueménida y, tras la conquista de Alejandro Magno, de los sucesivos reinados de las dinastías seléucida, arsácida y sasánida, hasta los primeros siglos de la época musulmana.

Irán en la prehistoria y protohistoria

Las propicias condiciones climáticas de los valles de Irán favorecieron el asentamiento de pobladores que desarrollaron la agricultura, la ganadería y la cerámica. Esta sección de la exposición pone de manifiesto la diversidad de culturas prehistóricas y protohistóricas del antiguo Irán. Las piezas más antiguas que se muestran proceden de la meseta iraní. Una estatuilla en miniatura que representa a una mujer con su hijo se remonta a la segunda mitad del séptimo milenio a. C. (Tepe Zaqeh, al norte de la región central de Irán); unos recipientes de terracota decorados con motivos geométricos y figuras esquematizadas de animales, que datan del quinto milenio a. C., también forman parte de las piezas más antiguas expuestas.

Las regiones al sudoeste de Irán estuvieron bajo el dominio del floreciente reino de Sumer, en la baja Mesopotamia, donde se estaban desarrollando importantes ciudades en las que el arte, la arquitectura, la metalurgia y otras tecnologías mostraban avances sin precedentes. Poco antes del año 3000 a. C. la región de Khuzistán se independizó del dominio mesopotámico. Desde Susa, su principal asentamiento urbano, esta región fue transformándose gradualmente en un nuevo centro de poder, el reino de Elam, cuya influencia se extendió por la meseta central, llegando hasta las montañas occidentales de Pakistán y Turkmenistán. El segundo milenio fue la época más brillante de la historia elamita, en la que se construyeron templos y ciudades monumentales con importantes necrópolis.

Esta época de prosperidad y desarrollo urbano requería el acceso a toda clase de materias primas, lo que dio lugar a un intenso comercio entre regiones lejanas y a una burocracia capaz de mantener el registro de las actividades económicas. De esta necesidad surgió la invención de la escritura: un logro fundamental para la historia de la civilización que representa el fin de la prehistoria y el comienzo de la protohistoria.

Antes de llegar al último periodo de esta primera parte, la Edad de Hierro, destaca la exposición de «los bronces de Luristán». Estas piezas son una serie de armas y objetos de bronce que acompañaban a los difuntos en su tumba y que proceden de la provincia en el noroeste de Irán que debe su nombre a la población que albergaba en sus montañas: los lur. Estos objetos, adornados con criaturas fantásticas, animales y domadores de animales estilizados, formaban parte del ajuar funerario, junto con las hachas ceremoniales, los «estandartes» y los recipientes con figuras, a menudo de influencia mesopotámica (siglos X – VIII a. C.).

Más al norte, entre los montes Elburz y el mar Caspio, se desarrolló otra cultura en la Edad de Hierro (c. 1500-600 a. C.). En los valles fértiles de Mazandarán y Gilán, esta cultura, al igual que en el Luristán, al principio permaneció ajena a la escritura. Los numerosos recipientes de cerámica monocroma y pulida, en forma de cebúes, cérvidos u otros animales, son característicos de esta región y muestran la influencia de los pueblos indoeuropeos procedentes de las estepas rusas meridionales que fueron invadiendo el norte de Irán: los medos y los persas, dos pueblos que mil años después cambiarían la historia de Oriente Próximo.

Irán en la Antigüedad

La segunda parte de la exposición empieza en la época aqueménida y está dedicada a diferentes periodos de la historia persa, hasta la conquista de los ejércitos islámicos en el siglo VII d. C.

Antes del reino de los aqueménidas, hacia mediados del siglo VI a. C., el inmenso territorio del Irán actual aún no se había constituido en una unidad política con una administración centralizada. En rivalidad con los medos, Ciro, el rey persa al que más adelante se denominó «el Grande», los sometió y los integró en su imperio. Luego, consolidó su poder conquistando todo el territorio de Irán, Babilonia, Afganistán y Asia Menor, y puso las bases del primer imperio de la historia de la humanidad que franqueaba los límites de los continentes. Su imperio iba desde el Nilo hasta el Indo, y bajo Darío I, sobrino de Ciro, alcanzó su mayor extensión.

El gran imperio aqueménida estaba formado por varios pueblos, y todos ellos contribuyeron a la creación de un arte imperial. El Gran Rey era el único y exclusivo mandatario, y el arte se percibía como la expresión de su persona y de su poder universal. Los materiales de construcción de los suntuosos palacios de Susa y de Persépolis procedían de todo el imperio, y los artistas y artesanos llegaban de diferentes provincias. Los relieves de las escalinatas de la apadana, en Persépolis, ilustran muy bien este carácter multinacional. Los restos que aún se conservan en la actualidad en su lugar original muestran las delegaciones procedentes de todas las provincias del imperio, que llevaban presentes típicos al Gran Rey. Algunos fragmentos de estos relieves se pueden ver en la exposición.

En los tesoros de los palacios reales de Persia se amontonaban inmensas riquezas, recibidas como regalos o como tributos ofrecidos por los diferentes pueblos. Entre los objetos preciosos había magníficos recipientes de oro y plata, de los que se pueden admirar varios ejemplos en la muestra.

Una nueva época empezó con la conquista del imperio persa por Alejandro Magno (334-330 a. C.), que continuó después de su muerte bajo los seléucidas. Durante esta etapa se expandió la cultura griega, aunque los testimonios arqueológicos de este periodo son, hasta el presente, más bien escasos.

A lo largo del siglo III a. C., otros pueblos venidos de las estepas de Asia central penetraron en el nordeste de Persia y se establecieron en la provincia de Partia, lo que les dio el nombre de «partos». Desde allí, pusieron la primera piedra de un nuevo imperio. Bajo los partos (c. 247/38 a. C. – 224 d. C.), se realizaron importantes innovaciones culturales. La gran autonomía de los pequeños reinos y de las ciudades-Estado actuó de una forma más que positiva sobre la vida cultural de una población de orígenes variados. La elite parta apreciaba el arte griego, y el idioma griego era de uso común. El arte fue evolucionando desde un naturalismo helenista hasta un estilo lineal que se manifiesta en la escultura mediante una estricta frontalidad.

Varios recipientes de plata de la época sasánida se encuentran entre las piezas más destacadas de la exposición. Después de su victoria sobre Artabán IV, el rey de los partos, Ardashir I (224-241 d. C.), fundador de la dinastía sasánida, se hizo consagrar «Rey de Reyes». Ardashir procedía de Persia (Fars, sur de Irán), la antigua patria de los aqueménidas, y se sentía especialmente vinculado a ellos. Los sasánidas ambicionaban restablecer la grandeza del imperio persa aqueménida, a lo que se sumó el zoroastrismo, un apoyo fundamental de la realeza sasánida, elevado a la categoría de religión oficial.

El arte sasánida estaba centralizado y totalmente al servicio de la ideología dominante, de la religión y de la propaganda, y se convirtió en un instrumento de representación oficial destinado a transmitir nociones políticas, sociales y religiosas.

Los recipientes de plata representaban, ante todo, una parte importante del arte de la corte sasánida y muestran al rey cazando o sentado en un trono. En los cántaros y garrafas dominan las bailarinas y los músicos. Varias escenas tienen un carácter dionisíaco y están relacionadas con el culto a Anahita, la diosa de la fertilidad, o las celebraciones estacionales.

La exposición termina con una selección de obras representativas de los inicios del Islam. Estas piezas se inscriben en la continuidad del lenguaje formal y figurado sasánida. Hacia mediados del siglo VII d. C., los ejércitos musulmanes de Arabia se adentraron en el territorio persa y pusieron fin repentinamente al dominio sasánida, de 400 años de antigüedad. Persia se convirtió en una parte del califato. Después de la toma del poder por la dinastía de los abasíes (749-1258 d. C.) y el desplazamiento de su centro, que pasó de Siria (Damasco) a Mesopotamia (Bagdad), la producción artística persa se encontró totalmente integrada en el arte islámico, del que adoptó el vocabulario característico. Sin embargo, una fuerte influencia de los modelos persas antiguos se deja sentir tanto en la arquitectura como en las artes plásticas. Así pues, el arte islámico se inspiró en la riqueza del arte persa, la integró y la adoptó como propia.

7.000 años de arte persa
Del 17 de septiembre al 2 de noviembre de 2003

Museo de Bellas Artes
Calle Pío V, 9
46010 Valencia

Horario:
de martes a domingo de 10 a 20 horas. Lunes, cerrado.

Entrada gratuita

Autor

  • JAE
    Jose Escribano

    Responsable de Contenidos en Informativos.Net

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