El libro,- basado en largas conversaciones con personajes de la talla de Tarradellas, Grace Kelly, Farra Pahlevi, Humberto de Italia etc. -, resulta anecdótico y sobretodo muy divertido; aunque también implacable y necesario para comprender mejor lo que han sido y supuesto realmente los últimos representantes de la sociedad del S.XX.
Después del gran éxito de sus tres primeros volúmenes, «La cruda y tierna realidad«, – presentado por el ya fallecido Vázquez Motalbán -,»Otros mundos, otra vida» y «La flor y la nata«, editados por Plaza y Janés, el autor ha deseado dar por terminada con «La rosa, la corona y el marqués rojo» su autobiografía, aún a riesgo de desafiar las reflexiones de Lord Balfour, quién afirmaba que las memorias solo deberían escribirlas los enemigos inteligentes de autobiografiado. Consciente y convencido de que su único enemigo es él mismo, Vilallonga se adentra en la verdad de muchos personajes mitificados, por lo que no podríamos descartar la idea de que en un futuro alguien ajeno a él mismo pueda rescribir sus memorias, en el caso de que le salga inteligente.
José Luis de Vilallonga entró en la sala repleta de seguidores acompañado de Santiago Carrillo; amigo, cómplice y encargado de hacer la presentación del libro. En la primera fila se encontraba Joseph Antoni Durán i Lleida, secretario general de Convergencia i Unió (CIU), quién debió asimilar como el antiguo secretario general de Partido Comunista Español saludaba a la audiencia sintiendo que Cataluña estuviera sufriendo una crisis de gobierno difícil de solucionar, una situación complicada y confusa.
Otra anécdota que Vilallonga podría contar algún día; y un pequeño disgusto para Durán, quién permaneció impasible aunque con gesto de preocupación ante la ocurrencia del comunista.
Rompiendo el hielo, Carrillo aseguró haber oído hablar de Vilallonga durante sus años de exilio en París. Según los diarios franceses, José Luis de Vilallonga era un aristócrata español exiliado en Francia, pero que contaba con una personalidad europea e internacional que muy pocos escritores y periodistas de lujo poseían. Don Santiago confiesa haberlo visto entonces como alguien que había salido de España, concretamente de Cataluña, pero que había logrado con su trabajo un prestigio en Europa que le sorprendió realmente. Como un personaje interesante. Una especie de rara avis que no parecía aristócrata, sino un exiliado que había tenido la enorme fortuna por sus capacidades de haber sido acogido por la sociedad francesa con una simpatía extraordinaria.
«Un día«, -afirma Carrillo en la presentación-, «cuando yo empezaba a poder aparecer como un dirigente político del exilio, tuve la fortuna de que José Luis de Vilallonga me buscara para hacer una entrevista en Play-Boy. La propuesta era interesante, pero al mismo tiempo, en aquellos tiempos de austeridad y con las prevenciones que los dirigentes comunistas teníamos ante cierta prensa, me hacía dudar. Sin embargo, se decidió que nos conociéramos, e hicimos la entrevista en su casa«. Según el dirigente comunista, «tras la entrevista algo funcionó entre nosotros. Yo me di cuenta de que ese aristócrata era como yo, un rojo español. Teníamos en común eso, el ser dos demócratas, dos antifranquistas y dos seres humanos con sensibilidad. Aquel primer contacto se convirtió en una relación de amistad en la que muchas veces no estábamos de acuerdo; yo era comunista y él no.«.
Vilallonga no puede resistir la larga intervención de Carrillo y decide, impaciente, interrumpirlo. «Yo recuerdo«, – insiste -, «que cuando Santiago vino a mi casa en París sabía que le iba a hacer una entrevista pero nada más. Como yo intuía cual iba a ser su reacción, se me ocurrió decirle que el Papa había hecho una entrevista para Play Boy. Fue entonces cuando se la dejó hacer«.
«Lo que me atraía era conocerte«, – se dirige Carrillo a Vilallonga tomando de nuevo la palabra -, «y saber quién eras«. Esa amistad que nació entonces se consolidó en los tiempos en que se creó la Junta Democrática en París. Se trataba de una especie de unión de partidos y de figuras políticas de la oposición democrática a la que fue invitado el aristócrata. «En esta invitación,-se reafirma Carrillo -, había un interés político muy directo. La participación de José Luis nos abría sectores de la sociedad francesa entre los que tenía gran influencia y a los que nosotros no teníamos acceso .José Luis daba a la Junta Democrática un respaldo internacional, concretamente francés, muy importante«.
«Cuando yo fui por primera vez a la sede de la Junta«,-afirma Vilallonga-, » me quedé bastante asombrado porque había gente de todo tipo. Comunistas, incluso alguno que deseaba convertirse en presidente de la República, lo mismo que Aznar ahora; también monárquicos…un poco de todo«. » A mí me dijeron: Lo que tienes que hacer es convencer a los directores de los grandes periódicos, tanto de la derecha como de la izquierda, de que la Junta no es de obediencia comunista. Yo lo intenté, pero era muy difícil. Junto a Carrillo había personajes como Calvo Serer ( miembro del Opus Dei) «.
» Sin embargo«, -interrumpe Santiago Carrillo -, no se podía sospechar que Calvo Serer era comunista…»
Retoma la palabra Vilallonga. «Yo una vez invité a almorzar a mi casa a Calvo Serer y a Santiago Carrillo. Mi mujer, que no conocía a ninguno de los dos y tampoco estaba muy versada en cuestiones políticas, cuando se fueron me dijo: estos comunistas de verdad son unos impresentables. Uno de ellos iba con la corbata llena de lamparones. Y tuve que decirle: Mira, del que me hablas es el monárquico. El que iba impecablemente vestido era el comunista«. » Lo que puedo asegurar es que mientras yo estuve en la junta, jamás vi a Santiago Carrillo imponer su voluntad«.
» Efectivamente«, – asevera Carrillo -, «Vilallonga trabajó con nosotros en la Junta y nuestro objetivo era conquistar la libertad para España«.
Ni que decir tiene que estos dos hombres han vivido intensamente un período importante de la historia de España y han, de alguna manera, hecho la historia de este país. No cabe duda de que eso les imprime carácter y los dota de un grado de tolerancia difícil de alcanzar por políticos actuales, porque entonces había un objetivo común e imperioso por el que todos debían luchar. Vilallonga, este aristócrata demócrata y abierto a Europa querido por todos y solamente rechazado curiosamente por algunos de su estirpe, no se muerde la lengua a la hora de escribir sobre los que entrevistó y conoció en su día, aunque sí calla ciertos secretos e intimidades quizás porque deba ser así. Su libro es autobiográfico y fiel a la realidad aunque está escrito desde la distancia que separa siempre al entrevistador del entrevistado, lo que aporta a la obra una fluidez que resulta inmensamente divertida. No hay ensañamiento, sino comentarios sobre pensamientos por los que cualquier periodista se ve asaltado al enfrentarse a un personaje. Se trata de sensaciones; no de prejuicios. Así, desde este distanciamiento, el autor no tiene ningún inconveniente en afirmar que Felipe González le dio la impresión de ser un ser humano importante o que Grace Kelly le aburrió terriblemente durante la entrevista. En fin. Con este libro Vilallonga salda una cuenta pendiente con la sociedad española; la de compartir con las nuevas y viejas generaciones una información privilegiada sobre personajes que han llevado a España hasta donde está y mostrarnos cómo era la sociedad europea y española de entonces.
Gema Castellano
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