a presentación de esta ópera cierra la presente temporada. Ildegonda es resultado directo de los estudios de Arrieta en el Conservatorio de Milán, que imponía la escritura de una ópera como ejercicio imprescindible para obtener el título de compositor. Al lograr el Premio de Composición, la que fuera primera incursión de Arrieta en el género será estrenada en dicha institución en 1845. Las posteriores vicisitudes de Ildegonda en España muestran fielmente la trayectoria del compositor tras su retorno y establecimiento en la capital. Así el 10 de octubre de 1849 se producirá el estreno español de Ildegonda con motivo del decimonoveno cumpleaños de la reina Isabel II, en una muy cuidada representación en el Teatro del Real Palacio, claro indicador de la preferente situación del compositor ante la soberana. El libreto, situado en el Milán del siglo XIII y con las Cruzadas como referente histórico, era obra de Temistocle Solera -célebre ante todo por haber colaborado con el joven Verdi en numerosas obras, como Oberto, Nabucco, I lombardi, Giovanna d’Arco y Attila- y respondía plenamente a las convenciones y excesos argumentales del drama romántico. El apoyo de la soberana al libretista y al compositor y el de una de las principales cantantes del momento, la soprano Marieta Gazzaniga, explican asimismo que Ildegonda fuera la primera ópera de un compositor español interpretada en el escenario del Teatro Real, a finales de abril de 1854, acontecimiento que condujo a Arrieta a realizar diversas modificaciones en la partitura, principalmente una nueva división en tres actos frente a los dos iniciales.
SINOPSIS
Acto I
Primera parte
El primer cuadro nos presenta a Ildegonda, cuya boda está próxima, sumida en profunda tristeza por la muerte de su madre y porque su amor no pertenece a quien va a ser su marido, sino a un galán llamado Rizzardo. Este hecho condena a muerte al galán a manos del padre o el hermano de la joven, defensores del honor familiar.
Segunda parte
En el cuadro segundo la acción se traslada a un jardín. «La saliente luna se refleja en una parte del palacio de Gualderano; detrás de un pequeño muro se ve la iglesia de las monjas iluminada, de cuya torre se oye la campana que toca a las oraciones de la tarde.
En el interior las monjas cantan al Señor». La protagonista y su doncella entablan un diálogo. Ildegonda evoca el pasado. En aquel jardín le había jurado amor Rizzardo, el joven plebeyo que, de pronto, aparece en escena, anunciándole su próximo viaje a Palestina como cruzado, pues no puede soportar el matrimonio que van a imponer a su amada. Ambos se juran amor eterno y ella le ofrece una cruz, recuerdo de su madre, como protección. Una música festiva suena en Palacio. Cuando Rizzardo se dispone a salir le sorprenden Roggiero -el hermano de Ildegonda- y dos soldados. El enamorado hiere mortalmente a Roggiero, y en ese momento aparece el padre de la joven. Rizzardo cae prisionero. El coro cierra este primer acto, con el drama ya planteado.
Acto II
Primera parte
La acción tiene lugar en el atrio del palacio de Gualderano, cuando «la noche está para terminar su curso tenebroso». Los caballeros comentan el insólito hecho de que Rizzardo, culpable de la muerte de Roggiero, haya quedado en libertad y parta con los cruzados, por lo que deciden vengar el homicidio de éste.
Un cambio de decorado nos traslada al subterráneo del convento, donde «una lámpara ilumina tristemente las lóbregas paredes»; allí sufre Ildegonda, que permanece fiel a su juramento y se niega a contraer matrimonio con otro que no sea su amado. Se desata la tempestad, y con ella reaparece Rizzardo, asustando a Ildegonda que, debido a una carta falsa, lo creía muerto en la hoguera. Él tampoco pudo olvidar a Ildegonda mientras se hallaba en tierra de infieles combatiendo por la causa de la Cruz. Los enamorados tratan de huir, pero son sorprendidos por los caballeros, que ahora son dichosos, porque al ofensor de la nobleza le aguarda el patíbulo, del que sólo podría salvarle Rolando Gualderano, padre de la protagonista.
Segunda parte
En este cuadro encontramos a Rizzardo en prisión, mientras se levanta el cadalso donde pagará sus culpas. Un coro de soldados anuncia que Gualderano le devuelve la libertad, conmovido al recibir una carta de su hija moribunda y angustiado por el remordimiento.
Un cambio de decoración nos traslada a una habitación en el convento. «Por una ventana entran los rayos del sol de oriente». Un «coro de vírgenes» asiste a Ildegonda, atormentada en su lecho de muerte por no haber recibido el perdón paterno. El padre y el amado aparecen y se arrojan en los brazos de la protagonista. Ésta, «sostenida por las vírgenes», se arrodilla y con ella los demás; Rolando extiende las manos en actitud de bendición sobre las cabezas de su hija y de Rizzardo, y la infeliz enamorada expira con la satisfacción de haber recibido el postrer consuelo.
