Más que sus insidiosas suposiciones, medias verdades, juicios de intenciones y deducciones gratuitas, que dedica sobre todo a la figura del rey, a quién no parece perdonar que no apadrinara realmente un golpe de estado contra los «excesos» que, según él y su ominosa pandilla fascista, se estaban produciendo – entre otros que la constitución fuese laica, la legalización de determinados partidos, los estatutos de autonomía, especialmente de Catalunya y el País Vasco, la sumisión del ejército al poder civil, dejando así de ser un poder del estado por sí mismo, cosas tan horrendas todas y cada una de ellas, como cualquiera puede ver, que era necesario frenar como fuera, utilizando incluso los métodos más atroces si era necesario -, me ha parecido muy interesante que se muestre tan complacido de ser como es, un poco en la línea del personaje de la película de Bob Reiner «A few good men (Algunos hombres buenos)», interpretado de forma simplemente magistral por Jack Nicholson, naturalmente para mi gusto, a quien un abogado empuja a descararse alrededor del uso de una vieja pr ctica de los «marines», entonces y ahora prohibida, conocida por «c¢digo rojo». El abogado, Tom Cruise, a partir de la negativa inicial del personaje que interpreta Nicholson a admitir la verdad – de la que ha resultado la muerte de un soldado -, le espolea a fondo hasta que indignado – ¥un patriota como ‘l! – por estar sometido a un interrogatorio de aquel tipo, estalla con toda energ¡a: «¥Pues claro que orden’ el «codigo rojo», cojones!», desgranando a continuaci¢n la retah¡la de su discurso de salvapatrias irredento – la misma que aparece en el libro en todos los tonos imaginables -, obteniendo una contundente y expeditiva respuesta del abogado, que invito a revisar recurriendo a la videoteca. Esta pr ctica del «c¢digo rojo», ya aparec¡a en una pel¡cula bastante m s antigua de Stanley Kubrick «Full metal jacket (La chaqueta met lica)» sin que en ella se citara tan sonoro apelativo, y, por lo que se ve, tiene alguna que otra variante. La que sale en esta oltima consiste en ir aplicando castigos colectivos por las faltas de un miembro de la unidad, hasta conseguir que ‘sta se lo haga pagar por su cuenta y riesgo al verdadero culpable. Una noche, la compa_¡a al completo, armada con pastillas de jab¢n envueltas en toallas, inmoviliza al soldado torpe en su litera y todos sus miembros le golpean a conciencia de forma inmisericorde, consiguiendo por una parte que mejore de forma notable en el cumplimiento autom tico de sus deberes militares, y por otro que acabe loco como una regadera.
Pero al parecer no hace falta ir tan lejos para ver en acci¢n eso del «c¢digo rojo», al parecer muy en la l¡nea de lo m s granado de la pedagog¡a moderna, porque ahora mismo est en uso en nuestras propias escuelas. Hay algon/a que otro/a maestro/a (por remilgos pol¡ticamente correctos que no quede) que, si encuentra algon tipo de alboroto en clase y no puede identificar a los autores del enredo, castiga a todo el mundo y santas pascuas. Pone orden y se ahorra significarse, que al parecer le resulta demasiado inc¢modo. S’ de forma positiva que a los inocentes castigados, con toda la l¢gica del mundo, esta sublime estrategia les parece rematadamente mal, y no hace falta a_adir que no colabora en nada en el mantenimiento del prestigio y la autoridad moral que uno cualquiera de nuestros ense_antes no tendr¡a que perder nunca ante sus alumnos, aparte del desastroso servicio a la causa de la justicia en general, de modo especial al concepto que de la misma se tiene en un estado de derecho, atropellada por tan perniciosa pr ctica. Porque, +existe algo m s alejado a la presunci¢n de inocencia que la culpabilizaci¢n colectiva?
La frase inducida: Para qu’ me voy a portar bien en clase si me castigan lo mismo que a los que se portan mal. Afortunadamente no es de ningon alumno castigado sin motivo, sino m¡a. El ni_o, pobre, se limit¢ a quejarse.
