Arriesgandome a ser tachado de machista û ôvade retro, Satánö û, me entetendré a hacer la glosa que digo, pero haré constar específicamente que me refiero a los machos de la especie, y ruego a quien me lea que renuncie a buscar el significado oculto de esta elección, que sólo tiene sentido con respecto a la metáfora que trato de poner en solfa. Aclarado esto, mientras uso como sonido de fondo para acabar de ponerme en situación ôThe healerö de John Lee Hooker y ôSailing to Philadelphiaö de Mark Knopfler, que recientemente he incorporado a mi colección de música, inicio el tema.
No trato de hacer ninguna disertación sobre entomología. Ni tengo la más mínima idea sobre el tema ni, aunque supiera algo o hiciese una incursión en algún libro para documentarme acerca del mismo, sería esa mi intención, sino otra bien distinta. De hecho, más de una vez erramos por ahí como la especie que me ha movido a escribir este comentario, y en realidad lo que quiero glosar es esta faceta, es decir, algunas cosas que ocurren cuando por un motivo u otro nos comportamos como lo hacen las mariposas. Nos pasa sobre todo en determinados momentos de exaltaci¢n de la sensibilidad, en su versi¢n rom ntica. Hay quien dice, y seguramente tiene toda la raz¢n, que todo eso no es casual en absoluto y que donde est’ la primavera ya pueden quitarse el resto de las estaciones del a_o. Al parecer es lo mismo que le ocurre al insecto ese, el que con harta frecuencia nos inspira a fin de expresar im genes metaf¢ricas que resulten idoneas para segon que estados de nimo. Son aquellos momentos, aquellas situaciones tan entra_ables en que la mosica de las baladas nos emociona, nos llena el esp¡ritu, explora el fondo mismo de nuestra alma en una explosi¢n de sentimientos rayanos con la tristeza, aunque no sea una «tristeza-triste», valga lo que valga la expresi¢n, sino melanc¢lica – «melancolique elle va…» -, y lo hace m s por el tono que por las palabras, dichas quiz s en una lengua extranjera que, a no ser que les prestemos toda nuestra atenci¢n o incluso as¡, ni siquiera acabamos de entender del todo.
Como algunos humanos tocados por esta bendici¢n, pero alejados a lo mejor de lo que habr¡an escogido como objetivo preferente, faltos de ninguno concreto, o tratanto de convencerse incluso de que tener alguno no es lo que m s les conviene, la mariposa parece creer que, en lugar de dejarse seducir en demas¡a por el resplandor de una llama que se ha encontrado, ser mejor ir revoloteando de flor en flor, como hacen asimismo las abejas recogiendo el polen del que m s tarde har n la miel, el m s sabroso y ecol¢gico de los edulcorantes. Entonces no es dif¡cil verlas deteni’ndose ahora aqu¡, ahora all¡, ahora una margarita, ahora un clavel, ahora una rosa, gozando de los suaves aromas de estas y otras flores e incluso de su n’ctar. Da la sensaci¢n de que, como haciendo eso se lo pasa requetebi’n, ya no har otra cosa y que por fin ha encontrado su acomodo definitivo, su quehacer ideal. Pero en estas que el insecto vislumbra all¡ al fondo el resplandor de aquella llama abrasadora, la misma que le ha hecho huir apenas un rato antes, ahuyent ndole, empuj ndole a dedicarse de forma temporal a todas estas otras cosas. Entonces, atra¡do de nuevo por la luz brillante, excatamente como si se tratara de un im n, el animalito vuela hacia all¡ casi en linea recta, sin distraerse, sin detenerse en ningon otro lugar. Puede darse el caso de que, por el camino hasta donde est la llama que le gu¡a, haya un mont¢n de flores, de aquellas que apenas un rato antes le hubiesen empujado a realizar todos los vuelos y revoloteos del mundo, con frecuentes detenciones en la una o en la otra, pero ahora ni siquiera las ve. No parece importarle nada m s que el vivo resplandor de la llama – quiz s un poco tr’mula por efecto del aire aun algo fresco – que emana del p bilo encendido de aquella atractiva candela tan esbelta, gr cil, de finas formas redondeadas y suaves, porque este parece ser su destino. Lo cumplir ni que sea a trancas y barrancas, quiz s acompa_ando su aproximaci¢n al ente candente con ciertas vacilaciones, como si en algon momento le pareciera que ser¡a mejor rehuir lo que le espera al fin del camino. La llama encendida donde, al fin, arder sin remisi¢n posible.
Jordi Portell
