Recuerdo la canción cuyas líneas en inglés podrían traducirse así al español: «Si te quedas atrapado entre la luna y la Ciudad de Nueva York, lo mejor que puedes hacer es enamorarte». Como en el drama existencial de Sartre o como en el infierno de Dante, en Nueva York no hay salida, sólo entrada. Tampoco hay términos medios, sólo extremos.
Ciudad por antonomasia, Nueva York es la París del tercer milenio. Aunque con un nombre más prestado y más ambiguo, que obliga al cuestionamiento: ¿Desde cuándo es nueva esta vieja y decadente metrópoli y hasta cuándo será «York» esta ciudad cada vez más llena de inmigrantes; especialmente de inmigrantes que hablan español?
Nueva York no es nada nueva y la mayoría de los neoyorquinos no son de aquí. Originariamente Manhattan, más tarde Nueva Amsterdam y ahora Nueva York o la Gran Manzana (prohibida o de qué paraíso perdido o recobrado) o Capital del Mundo (como si el «Mundo» entero ya hubiese sucumbido a la mortífera plaga llamada «globalización» y ya fuera incurablemente «capitalista»), esta vieja Nueva York es, ciertamente, pese a Wall Street, una de las grandes capitales del Tercer Mundo.
No obstante, el clima –meteorol¢gico y sociol¢gico– de Nueva York es el verdadero factor democratizante, el que a todos nos hace iguales. Por su caprichosa meteorolog¡a y por su letal sociolog¡a, en Nueva York cualquiera se muere de un mal aire, de un atentado o de una bala perdida; de un resbal¢n en el hielo o a causa de la alienaci¢n. Aqu¡, m s que en ningon otro lugar, la vida tiene un precio y no vale nada. Promediando: La vida cuesta mucho y vale verdaderamente poco en Nueva York.
Con inviernos generalmente de muy bajas temperaturas, a menudo bajo cero, y con prol¡ficas nevadas, pertinaces chubascos e intempestivas granizadas; y con veranos voraces de calor y promiscuidad: temperaturas y humedad infernales, Nueva York goza de dos estaciones marcadas por sus extremos opuestos: el fr¡o g’lido del invierno y el calor av’rnico del verano. Lo dem s, que es muy poco –en lo que se refiere a oto_o o primavera– resulta tan fugaz como la sonrisa de un taxista neoyorquino –luego de haber recibido una generosa propina.
Definitivamente, ‘sta es una ciudad de puertas adentro. Ciudad de grandes hoteles (y moteles), museos, teatros y hasta el m¡tico Madison Square Garden y el menos c’lebre Jacob Javitts Center son cerrados a las inclemencias del tiempo, aunque no de la poblaci¢n. Aqu¡, en la Nueva Ciudad G¢tica, no hay escapatoria. Usted, fiel lector, encara, d¡a a d¡a, dos implacables alternativas: el tiempo y la gente. No sabr¡a decirle cu l de las dos es menos nociva.
Ciudad de contrastantes extremos o extremados contrastes en todo. Empezando por sus sucesivos nombres que van desde el ind¡gena y telorico hasta el advenedizo y cosmopolita. Asiento de mercaderes y artistas, de financistas y vagabundos, de universidades y ghettos, de rascacielos y tugurios. Aqu¡ hay de todo y para todos, porque en el umbral del tercer milenio todos los caminos conducen a Nueva York. Y todos quieren caminar esos caminos, no importa lo que les cueste.
Una vez aqu¡, «en este lado del para¡so» (parafraseando el t¡tulo de la c’lebre novela de Scott Fitzgerald), empieza una nueva vida, simplemente porque en Nueva York se vuelve a nacer. Los n¢madas –como yo– sientan cabeza; los sedentarios se tornan peripat’ticos; los tontos aumentan sus posibilidades de volverse inteligentes; los infieles, fieles… a pesar de la distancia; y los bonitos se vuelven feos… pero con suerte.
Nueva York es una caja –o jarra, como argumenta Robert Graves– de Pandora. Por ejemplo, un conocido m¡o, cuyo nombre me reservo, m’dico de profesi¢n, graduado en su pa¡s, ac se volvi¢ taxista. Otro, arquitecto, se convirti¢ en de-todo-un-poco: alba_il, bohemio, escritor, «periodista», «poeta» y hasta bisexual. Una muchacha, seria y recatada, se torn¢ en la versi¢n post-moderna de «Mesalina loca». Una cincuentona, fielmente casada (por un cuarto de siglo), se hizo **** de veinticinco… d¢lares. Un hombre, casado y con hijos, de la noche a la ma_ana, se transform¢ en mujer –soltera y sin compromiso.
No cabe duda de que ‘sta es la vez la mejor y peor ciudad del mundo. Torre de Babel, Babilonia, Sodoma, Gomorra, Roma, Tenochtitl n, Liverpool, Marsella, Hong Kong, Guayaquil y todas las ciudades –incluidas Ciudad G¢tica, Bibli n, Pasto, San Juan y Puerto Plata– del mundo palpitan en los cinco condados –Brooklyn, el Bronx, Queens, Manhattan y Staten Island– que conforman esta amada/odiada, benigna/maligna, cursi/sublime, divina/diab¢lica, hermosa/horrible, pero siempre nuestra, la onica que nos queda, a los que buscamos lo sublime o, por lo menos, lo diferente.
Porque en Nueva York, no solamente estamos, sino que somos. Y somos todos los que estamos. Aqu¡, «entre la luna y la Ciudad de Nueva York», sin otra alternativa que enamorarnos. La que no es tan calamitosa alternativa ya que podr¡a ser peor, como aqu’lla que dice: «Ver N poles y morir». El amor es tan eficaz como la muerte. +No le parece?
A m¡ s¡. I love New York. Amo Nueva York porque no es un sitio pl cido ni un «estado del esp¡ritu». Amo esta ciudad porque significa un constante desaf¡o, un insulto colosal, una antropom¢rfica afrenta que obliga al esmero cotidiano. Aqu¡ ni los vegetales vegetan, menos aon los animales. Es decir que los vegetales se animalizan y los animales se humanizan –en Nueva York. Si no lo cree, mire nom s a su alrededor: A la se_orona que lleva a pasear a su chihuahua reci’n salido del sal¢n de belleza, o al desamparado que extiende la mano pidi’ndole una moneda.
En esta ciudad usted no podr distinguir entre rbol y perro, entre perro y ser humano, entre ser humano y rbol, y as¡ hasta el infinito nomero finito que vive y muere en esta inmensa(mente) mezquina(mente) espl’ndida aldea multiplicada por ceros (a diestra y siniestra). Porque Nueva York es un vasto cementerio cuyos muertos no descansan en paz. Porque si no existiera una ciudad como Nueva York, la sola idea de construirla resultar¡a descabellada.
Petronio Rafael Cevallos
