El precio de los alimentos en España ha subido un 40% desde 2021, el doble que el coste de vida general en el mismo periodo, según el último informe del EAE Business School. Detrás de ese encarecimiento confluyen cultivos sometidos a temperaturas cada vez más extremas, una disponibilidad hídrica en descenso y unos costes de producción al alza. El Instituto de Potsdam y el Banco Central Europeo advierten de que esta presión no cederá a corto plazo: se esperan subidas adicionales de entre el 0,9% y el 3,2% anual hasta 2035 como consecuencia del cambio climático.
El agua es el recurso más crítico en ese escenario. La agricultura consume hoy el 72% del agua dulce mundial, según la FAO, en un contexto de sequías cada vez más frecuentes e intensas. En España, comunidades como Andalucía y Extremadura llevan años encadenando campañas con reservas hídricas bajo mínimos, lo que encarece el riego, reduce la producción y, en última instancia, eleva el precio final de los alimentos.
Frente a esa situación, las estructuras agrovoltaicas —instalaciones que combinan la producción agrícola con la generación de energía solar sobre el mismo terreno— se han consolidado en varios países europeos como Italia, Alemania y Francia como una vía concreta para reducir la presión económica sobre las explotaciones. Según datos propios de AlphaTracker, empresa especializada en soluciones avanzadas de estructuras y sistemas de seguimiento solar para grandes plantas fotovoltaicas y agrovoltaicas, una explotación de 10 hectáreas puede recortar entre 15.000 y 40.000 euros anuales en costes operativos gracias a la reducción del consumo de agua, energía para bombeo, fertilizantes y pesticidas.
José Antonio Maldonado, CEO y fundador de AlphaTracker, explica el origen de ese ahorro: «Estos resultados no son consecuencia de una sola variable. Son la suma de lo que ocurre cuando un cultivo trabaja bajo condiciones distintas, con menos estrés hídrico, menos pérdidas por calor y menos dependencia de insumos externos. La infraestructura que construimos está diseñada para provocar ese cambio en el campo».
El mecanismo es relativamente sencillo: la sombra parcial que proyectan los paneles solares frena la evaporación del suelo y reduce el estrés hídrico de las plantas. Según las mediciones de la compañía, eso se traduce en una reducción de hasta el 60% en las necesidades de riego. Al mismo tiempo, la temperatura sobre el terreno se mantiene entre 25 y 30°C, frente a los 50 o 60°C que puede alcanzar un campo en pleno verano bajo sol directo, lo que evita golpes de calor, quemaduras en los frutos y pérdidas de cosecha que hasta ahora los agricultores asumían como un coste inevitable.
La tecnología es compatible con una amplia variedad de cultivos, precisamente aquellos que concentran las mayores tensiones de precio en el mercado español: kiwi, frutos rojos, naranjas, olivos, melones, aromáticas y pastos, todos ellos intensivos en agua y muy expuestos a las consecuencias del cambio climático.
Ese control térmico tiene también un efecto directo sobre la rentabilidad. En condiciones de calor extremo, las estructuras agrovoltaicas pueden reducir las pérdidas de producción de entre un 10% y un 30% en determinados cultivos, al tiempo que mejoran la calidad comercial del producto. En algunos cultivos hortícolas, además, la sombra parcial puede ampliar la ventana productiva entre dos y cuatro semanas, permitiendo al agricultor acceder a periodos de menor oferta y, por tanto, de precios más elevados en el mercado.
El resultado global, según las mediciones realizadas por AlphaTracker en proyectos activos a lo largo de tres años, es un rendimiento mínimo del 98% respecto a un campo de control: prácticamente la misma cosecha, pero con una fracción del agua consumida y con una protección estructural frente a fenómenos climáticos extremos. Maldonado subraya la dimensión macroeconómica de ese dato: «El debate en torno al encarecimiento de los alimentos se centra casi siempre en los mercados, en la distribución o en la climatología. Pero la variable del coste de producción del agricultor todavía no ocupa el espacio que merece. Si conseguimos que un olivarero, un productor de frutos rojos o un citricultor necesite hasta un 60% menos de agua para obtener prácticamente la misma cosecha, estamos atacando la inflación alimentaria en su origen».
La tecnología es compatible con una amplia variedad de cultivos, precisamente aquellos que concentran las mayores tensiones de precio en el mercado español: kiwi, frutos rojos, naranjas, olivos, melones, aromáticas y pastos, todos ellos intensivos en agua y muy expuestos a las consecuencias del cambio climático. En países como Alemania e Italia, el modelo va además un paso más allá: cultivar bajo paneles solares permite al agricultor combinar ingresos agrícolas, venta de energía a la red y alquiler del terreno, generando así tres fuentes de ingresos simultáneas sobre la misma superficie.
Artículo redactado con asistencia de IA (Ref. APA: Anthropic. (2026). Claude Haiku 4.5 [26 de mayo]. Anthropic. https://www.anthropic.com)
