Las denominadas pausas de hidratación se han consolidado en las competiciones de fútbol disputadas bajo condiciones meteorológicas especialmente adversas como una medida destinada a proteger la salud de los jugadores frente al riesgo de golpes de calor y otros efectos derivados de las altas temperaturas. Sin embargo, su creciente presencia en determinados torneos ha abierto un debate que va más allá de la fisiología y alcanza uno de los elementos que históricamente han definido este deporte: la continuidad del juego.
Esa es la reflexión que plantea el Dr. Javier Bonastre, coordinador del Grado en Fisioterapia de la Universidad Europea de Valencia, quien considera que el verdadero alcance de estas interrupciones podría no residir únicamente en la recuperación física de los futbolistas, sino también en la influencia que ejercen sobre el desarrollo táctico de los partidos. En su opinión, una detención de varios minutos ofrece un margen suficiente para introducir ajustes estratégicos que, hasta hace pocos años, no tenían cabida en el reglamento implícito del fútbol.
Como recuerda el especialista, a diferencia de disciplinas como el baloncesto, el balonmano o el voleibol, el fútbol se ha caracterizado tradicionalmente por la ausencia de tiempos muertos. Los entrenadores pueden transmitir instrucciones desde la banda, aprovechar una sustitución para comunicar cambios o corregir determinados aspectos del juego mientras el balón continúa en movimiento, pero no disponen de la posibilidad de detener el encuentro para reorganizar al equipo cuando atraviesa un momento de dificultad.
En este contexto, Bonastre considera que las pausas de hidratación introducen un elemento novedoso en la competición y sostiene que «estamos llamando pausas de hidratación a algo que, en la práctica, tiene un impacto mucho mayor sobre el juego. Tres minutos con el partido detenido son una oportunidad táctica enorme para cualquier entrenador». Desde su perspectiva, esta circunstancia modifica parcialmente una de las señas de identidad del fútbol, basada precisamente en la necesidad de resolver los problemas tácticos sin interrumpir el ritmo competitivo.
La repercusión de estas pausas no se limita a que los jugadores puedan ingerir líquidos. Durante esos minutos también resulta posible reorganizar la presión sobre el rival, modificar la disposición defensiva, reajustar el centro del campo o tratar de romper una dinámica favorable al equipo contrario. En encuentros donde el dominio cambia por fases y determinados momentos condicionan el desenlace, una interrupción programada puede alterar significativamente el desarrollo del partido.
El especialista señala que, por el momento, no existen evidencias científicas suficientes para concluir que estas pausas incrementen el número de goles, modifiquen las distancias recorridas por los jugadores o mejoren de forma objetiva el rendimiento físico. A su juicio, el foco del análisis podría situarse en un aspecto más complejo de cuantificar mediante estadísticas: la influencia que estas interrupciones ejercen sobre el ritmo competitivo y sobre la evolución táctica de cada encuentro.
Bonastre distingue, además, entre el uso de estas pausas cuando existe una necesidad sanitaria claramente justificada y aquellos contextos en los que podrían convertirse en un recurso habitual al margen de las condiciones ambientales. Javier Bonastre afirma que «soy partidario de las pausas cuando existe una necesidad real de proteger al jugador por las condiciones ambientales. Tengo más dudas cuando se convierten en una interrupción sistemática independientemente de la temperatura, porque entonces su impacto deja de ser únicamente fisiológico y pasa a ser también táctico».
El mismo planteamiento se extiende al descanso extraordinario previsto para la final del Mundial, cuyo intermedio se ampliará hasta aproximadamente media hora para facilitar el espectáculo organizado durante el descanso y aumentar el espacio destinado a la retransmisión televisiva y la publicidad. Desde un punto de vista fisiológico, el especialista advierte de que un periodo tan prolongado obliga a replantear la preparación de los equipos antes del inicio de la segunda parte.
Una interrupción de esa duración favorece el descenso de la temperatura muscular y del nivel de activación, circunstancias que hacen necesario realizar un nuevo calentamiento antes de regresar al terreno de juego. Lejos de traducirse automáticamente en una mejora del rendimiento, un descanso excesivamente largo puede dificultar la ejecución de acciones explosivas durante los primeros compases de la reanudación, al exigir que los futbolistas recuperen nuevamente unas condiciones físicas óptimas.
El debate, por tanto, trasciende la utilidad médica de unas pausas cuya función preventiva resulta ampliamente aceptada cuando las condiciones climáticas lo requieren. La cuestión que plantea Bonastre es si una medida concebida para preservar la salud de los jugadores mantiene la misma naturaleza cuando, además, introduce consecuencias tácticas capaces de alterar el ritmo competitivo, la estrategia de los equipos y la propia dinámica de un partido.
Artículo redactado con asistencia de IA (Ref. APA: OpenAI. (2026). ChatGPT (GPT-5.5, 17 de julio). OpenAI).
