Irónicamente, nuestros brigadistas suelen trabajar a contra–estación en EEUU, Portugal, España o Australia, donde los bosques también son privados, pero donde la prevención y combate de incendios es prioridad nacional. Las pérdidas económicas de un incendio forestal se refieren generalmente a la madera, el abastecimiento industrial afectado o los costos directos de seguros y combate, los que deben representar entre US$ 40 y 60 millones anuales.
Pero, hay una cuenta oculta que ilustra la seriedad del problema. La temporada actual se traducirá en alrededor de 1.5 millones de toneladas de CO2 emitidas a la atmósfera (el equivalente a la operación anual de una central a carbón de 300 MW). El costo global de esos gases efecto invernadero ya iguala al de la pérdida "directa".
Y hay más:
a) por cada área de bosque incendiado se pierde una superficie mayor de vegetación nativa, minando el valor de biodiversidad y conectividad;
b) el fuego afecta la capa orgánica de los suelos, deteriorando su productividad;
c) dichas pérdidas afectan negativamente la regulación hidrológica de las cuencas afectadas;
d) la degradación vegetacional mina el valor paisajístico y turístico;
y e) se pierde el valor de opción y existencia de esos activos naturales. Este daño puede estimarse entre US$ 3 y 10 millones anuales adicionales.
Aún cuando no hubiesen vidas perdidas (que las hay), con una pérdida agregada de esa magnitud y parafraseando un eslogan conocido, uno quisiera ver una campaña de "Bosques sin incendios", transversalmente apoyada, que proteja uno de nuestros mayores tesoros naturales.
