Audrey Niffenegger es artista plástica, pero ninguna imagen ni dibujo le permitía plasmar su idea original. Sólo las palabras le dejaron dar rienda suelta al enorme salto imaginativo que significa esta novela, que nos encuentra al principio incrédulos, luego entregados, finalmente sumidos en una inédita reflexión.
Clare y Henry forman, en apariencia, una pareja normal. Es más, deliberadamente, los dos intentan ofrecer al mundo una imagen de normalidad. Él es bibliotecario, ella es artista; los dos se llevan bien y, después de mucho intentarlo, tendrán una hija. Nada que destacar.
Pero la verdad es que Clare y Henry viven un amor que nada tiene que ver con la normalidad. Para Clare, Henry es el amor de su vida, y esto lo sabe desde mucho antes de conocerse de forma convencional, en la biblioteca en donde trabaja Henry, cuando ella es una entusiasta estudiante en Chicago y él un joven y discreto bibliotecario. De cara a la vida social, los dos se conocieron y concertaron una primera cita para esa misma noche. Pero la oculta verdad os que Clare conocía a Henry desde los seis años, y lo conocía de muchas maneras distintas, en distintas edades, incluso mucho mayor que aquella tarde en la biblioteca. ¿Qué sucede? Algo difícil de explicar pero muy fácil de aceptar desde la primera página de este libro: Henry padece una enfermedad genética, inclasificable: en apariencia es un hombre normal, sólo que en cualquier momento puede esfumarse literalmente, y aparecer en otro tiempo y en otro lugar. Henry ha viajado en el tiempo -siempre de forma involuntaria- retrocediendo al jardín de la casa natal de la pequeña Clare, pero Henry no sólo viaja retrocediendo y adelantándose en el tiempo de los otros, sino en el propio. De modo que todos los encuentros anteriores al de esa biblioteca han tenido lugar con Henry en distintas edades. Con Clare se han llevado muchísimos años de diferencia: él ha sido un hombre canoso, ella sólo una niña; en otros encuentros las distancias se han acortado. Y Clare siempre ha sabido, gracias a Henry, que en su momento le leyó el futuro, que llegaría el día en que los dos se unirían en un presente real para iniciar una vida de pareja normal, pero siempre signada por la anomalía de Henry.
Este es el simple detalle que hace de esta historia de amor una aventura permanente, un vértigo que, portal, se vive en plenitud, y
una reflexión sobre lo que perdura y lo que (aunque en su día parezca tan importante) está destinado a desaparecer. ¿Cómo puede Clare vivir en paz con Henry sabiendo que él, de alguno de sus viajes hacia delante, regresará sabiendo lo que les sucederá? ¿Cómo vivir sin la tentación de preguntarle por el destino de los dos, sobre la futura maternidad -o no- de Clare y, sobre todo, sobre el final de ambos. ¿Cuándo y cómo llegará? La historia plantea aun más desafíos: ¿Acaso Clare, de niña o de adolescente, antes de conocer «oficialmente» a Henry, puede resistirse a preguntarle sobre el destino de su familia, de sus hermanos y de su madre? Y algo más: ¿Hasta qué punto es posible manipular y alterar el orden de los acontecimientos del pasado, para cambiar el presente y el futuro?
Estos y otros imponderables -los viajes en el tiempo de Henry le traen peligrosos contratiempos- alteran la vida de estos personajes. Clare y Henry no viven en un mundo aparte, sino que tienen familia y amigos, algunos de ellos, antes o después, deben aceptar quién es Henry y quién es Clare. Como los lectores de esta novela, a la primera incredulidad le sucederá la incontestable evidencia e, inevitablemente, el hechizo y la reflexión: ¿Qué importa y qué existe verdaderamente en nuestro ordinario tiempo lineal?
La Mujer del Viajero en el Tiempo
Autora: Audrey Niffenegger
PVP: 21 €
Páginas: 602
Publicación: 9 de septiembre de 2005
Editorial Grijalbo
