Revelación en el Festival de Berlín de 1992 con “Tres días”, compañero de correrías de Leos Carax en “La casa” (1997), y portada de «Les Inrockuptibles» con “Somos Pocos” (1996), su cine autodidacta y salvaje le ha situado junto a nombres de maestros como Béla Tarr o Alexander Sokurov, e incluso ha sido descrito “como un Tarkovski macerado en el aguafuerte de Joy División” (Serge Kaganski, “Les Inrockuptibles”). Sin embargo, él dice no haber visto ninguna de sus películas. No tiene influencias ni del cine ni de la música, tan solo de la poesía, y por eso, según explica, sus cintas son tan parcas en palabras: “Amo las palabras, y por eso no las quiero desgastar. En mis películas, las palabras solo aportan información esencial. No sirve de nada querer revelarlo todo”.
Sus filmes son compilaciones pictóricas: cada plano es un retrato del objeto en el que se posa su cámara. Lento, meditabundo y extremadamente bello. Y la suma de esos retratos, una composición llena de significado.
En sus películas deambulan angustiados o feroces, como animales enjaulados, personajes incapaces de adaptarse a este mundo, hombres cargados de culpa, muchachas de mirada desorientada, seres humanos apáticos, ya sin esperanza, gente a la que le pesa demasiado la vida. Para rodarlos Bartas no escatima minutos. Y por eso, por su manera de afrontar el cine desde una única relación del cineasta con su cámara, sin interferencias, Bartas se ha convertido en un cineasta de culto.
“Siete hombres invisibles” es su último filme. En él muestra el intento de varios hombres y mujeres de huir del mundo hostil que les rodea, primero física, y más tarde espiritualmente. Un mundo arisco que pesa y que no deja indemne. La cinta es la novena obra de Bartas y fue rodada, durante dos años, en un pequeño pueblo de la estepa de Crimea.
El realizador, que estará en Barcelona hasta el 10 de febrero, imparte estos días un seminario en el Centre d’Estudis Cinematogràfics de Catalunya sobre “Tempo cinematográfico”.
