La proximidad del regreso al trabajo y a las obligaciones cotidianas puede hacer que los últimos días de vacaciones se vivan con nostalgia, tristeza y una creciente resistencia al cambio de ritmo. Oliver Serrano, director del Máster en Psicología General Sanitaria de la Universidad Europea de Canarias, advierte de que anticipar mentalmente la vuelta puede generar una respuesta de estrés antes incluso de que se produzca.
Cuando una experiencia agradable está a punto de terminar, explica Serrano, es frecuente comenzar a despedirse de ella de manera anticipada. Esa reacción puede restar atención al descanso que todavía queda y añadir una sensación de culpa por no estar aprovechando suficientemente los últimos días.
Parte de esa presión está relacionada con la forma en que se construyen los recuerdos. El desenlace de una experiencia puede adquirir un peso especial, lo que favorece el deseo de que determinados momentos —como el último baño, el último atardecer o una cena de despedida— resulten especialmente memorables. El problema aparece cuando esa intención se convierte en una exigencia.
«La intensidad forzada acaba matando la espontaneidad y generando más estrés que placer», señala Oliver Serrano.
La anticipación de lo que llegará después también puede alterar la percepción de esos últimos días. Recrear mentalmente el despertador, el tráfico o las reuniones de trabajo desvía parte de la atención del presente y puede provocar respuestas de tensión emocional y física similares a las que aparecerían una vez retomada la actividad habitual.
Según Serrano, algunos rituales simbólicos de despedida pueden ayudar a cerrar el periodo vacacional si se viven de forma consciente y sin presión. Dar por terminado un ciclo permite procesar el cambio desde la gratitud por lo vivido, en lugar de prolongar durante semanas la sensación de pérdida.
La intensidad del rechazo a regresar también puede servir para observar cómo se percibe la rutina habitual. Para el psicólogo, una reacción especialmente negativa puede indicar que el malestar no procede únicamente del final de las vacaciones, sino de aquello a lo que se debe volver.
«Si la vuelta genera tanto rechazo, a veces lo que nos perturba al final del verano no es que las vacaciones se acaben, sino lo que tenemos que retomar», señala Oliver Serrano.
Serrano recuerda además que el denominado síndrome postvacacional no constituye una patología médica, sino una respuesta normal ante un cambio de ritmo. El cuerpo y la mente pueden necesitar varios días para reajustarse después del periodo de descanso.
No obstante, si el agotamiento o la desmotivación se mantienen durante varias semanas, considera que conviene prestar atención a ese malestar, ya que las vacaciones podrían haber hecho visible una situación previa que requiera valoración profesional.
Artículo redactado con asistencia de IA (Ref. APA: OpenAI. (2026). ChatGPT (GPT-5.6 Sol, 30 de agosto)).
