Jorge Ramiro Pérez, profesor titular de Criminología Aplicada a Espacios Digitales de la Universidad Europea, advierte de que las redes sociales han evolucionado hacia un modelo aspiracional en el que la felicidad parece obligatoria y la normalidad cotidiana corre el riesgo de percibirse como insuficiente.
El experto sostiene que esta dinámica convierte muchas experiencias en contenido pensado para ser mostrado. Una cena, un viaje o una jornada de vacaciones pueden dejar de vivirse únicamente por su valor personal para pasar a formar parte de una especie de escaparate digital en el que se seleccionan los momentos más atractivos, los lugares más fotogénicos y las versiones más favorables de uno mismo.
«Al fin y al cabo, lo que haces es curar contenido como si fuera en un museo mostrando la mejor experiencia y tu mejor versión», afirma Jorge Ramiro Pérez.
Ese proceso, explica, puede reducir la espontaneidad y reforzar la idea de que cada experiencia debe ser especialmente memorable, estética o compartible. El resultado es un entorno en el que el aburrimiento, la frustración o los momentos cotidianos quedan desplazados por una representación constante de éxito, ocio y bienestar.
La comparación con estas imágenes filtradas también puede afectar a la autoestima. Según Pérez, la exposición continuada a determinados modelos físicos, sociales o económicos favorece comparaciones desiguales y puede dificultar la aceptación de que la vida cotidiana incluye inevitablemente etapas menos estimulantes.
«Se erosiona mucho la capacidad de enfrentarse a la frustración y de hacer una reflexión autocrítica, impidiendo aceptar que la vida cotidiana también incluye momentos de aburrimiento», señala Jorge Ramiro Pérez.
El especialista considera que el efecto puede ser especialmente relevante entre los jóvenes, que pueden disponer de menos referencias alternativas con las que interpretar los modelos que encuentran en las plataformas. A la presión estética y social se suman otros riesgos vinculados a la hiperconexión, como la exposición a discursos de odio, contenidos machistas o problemas relacionados con la privacidad.
Esta situación, añade, puede agravarse cuando existe una distancia entre el uso que hacen de Internet los menores y el de sus familias. Pérez alerta de una posible ampliación de esa brecha generacional y subraya la importancia de mantener canales de comunicación que permitan a los jóvenes hablar con confianza sobre aquello que encuentran en las redes.
Frente a estos riesgos, el profesor apuesta por reforzar la educación y el pensamiento crítico sin demonizar la tecnología. También rechaza que toda la responsabilidad recaiga sobre los usuarios y las familias y reclama una mayor implicación de las empresas responsables de las plataformas digitales en cuestiones relacionadas con la protección de datos y la dignidad de las personas.
La alternativa, plantea, pasa por construir una relación con Internet menos vinculada exclusivamente al consumo y a la exposición pública. Recuperar usos orientados a conocer otras realidades, comunicarse y conectar de manera más auténtica permitiría reducir la presión por convertir la identidad y las experiencias personales en un escaparate permanente.
Artículo redactado con asistencia de IA (Ref. APA: OpenAI. (2026). ChatGPT (GPT-5.6 Sol, 30 de agosto)).
