«Hemos trasladado la lógica del rendimiento laboral al ocio y llegamos al tiempo libre con la misma exigencia que al trabajo», señala Melero Soriano. A su juicio, descansar ha pasado de entenderse como una necesidad a vivirse, en ocasiones, como una actividad que debe producir experiencias memorables. La psicóloga relaciona esa presión con la comparación en redes sociales. Los viajes y planes que allí se muestran suelen ser versiones seleccionadas de la vida de otras personas, pero pueden convertirse en una medida con la que juzgar la propia rutina. A ello se suma el FOMO, o miedo a quedarse fuera: la sensación de que elegir un plan implica perderse otros mejores.
La psicóloga relaciona esa presión con la comparación en redes sociales.
Según Melero Soriano, en ese malestar confluyen el deseo de pertenecer al grupo, la percepción de que el tiempo de descanso es escaso y la dificultad para aceptar las oportunidades a las que se renuncia. La especialista menciona como posibles señales de un ocio poco reparador el agotamiento al regresar de vacaciones y la culpa por pasar un rato sin hacer nada. Propone una pregunta para examinar las propias decisiones: si nadie fuera a conocer el destino o la actividad elegidos, ¿seguiríamos queriendo hacer ese plan?
La presión por ocupar cada minuto también puede trasladarse a los menores. Melero Soriano defiende que dispongan de tiempo para el juego sin organizar y para el aburrimiento, en lugar de encadenar actividades y pantallas de forma continua. Su planteamiento invita a valorar el descanso por lo que cada persona necesita en ese momento, sin medirlo por el número de experiencias acumuladas.
Artículo redactado con asistencia de IA (Ref. APA: OpenAI. (2026). ChatGPT (GPT-6, 26 de septiembre)).
