El célebre actor desembarcó, ataviado de safari –casco de explorador, camisa y pantalones cortos de gabardina caqui, botas y polainas–, revólver al cinto y gafas oscuras para, respectivamente, proteger la vida y los ojos de las inclemencias ecuatoriales. Armados de sus cámaras, los ingleses rodearon al actor. Hubo apretones de mano, acompañados de sus correspondientes «Welcome» y «Bienvenido», más las fotos de rigor. Luego, en una caravana de vehículos de marca inglesa –land rovers, austins, commers, hillmans y morrises–, Bogart fue conducido al campamento minero de Ancón.
Durante todo el trayecto Bogart no paraba de preguntar en inglés: «¿Dónde diablos están los nativos?».
Una vez en el Ancón Club, Bogart, los ingleses, el presidente de la república, el gobernador de la provincia y demás dignatarios locales empezaron con un brindis, continuaron con un banquete y culminaron en una bebezona omnímoda. Bogart gritaba a voz en cuello, preguntando que dónde diablos estaban los nativos. Los ingleses, un tanto azorados, le presentaron un par de meseros que, sol¡citos y deferentes en sus pantalones negros, camisas blancas y corbatas de lazo negro, hicieron sendas reverencias, repitiendo «Mucho gusto, se_or». El protagonista de Casablanca los mir¢ de arriba abajo sin descubrir nada sobresaliente en la apariencia de los sonrientes meseros: Luc¡an como miles de meseros mexicanos que sol¡a ver trabajando en restaurantes del sur de California.
De repente, Bogart se levant¢ a abrazarlos y, hablando siempre en ingl’s, les pregunt¢ que c¢mo los trataban los malditos brit nicos. Pero los meseritos, sin entender ni papa y sin dejar de sonre¡r, repet¡an que mucho gusto, se_or. Entonces Bogart, percat ndose de la barrera del idioma, pidi¢ que alguien sirviera de int’rprete. Uno de los ingleses, confundido e inc¢modo, tradujo. Los meseritos respondieron que muy bien, muy bien, se_or. Y Bogart, desafiante e incr’dulo, vocifer¢ que no, que pura ****, que estos arrogantes britones son todos unos insufribles petulantes, chupamedias de la realeza, engre¡dos y estirados, que esperan que todo el mundo les rinda pleites¡a.
Esta vez nadie tradujo. Y los meseritos, de nuevo sin entender ni jota, segu¡an repitiendo que s¡, que muy bien, muy bien, se_or. Bastante pasado de tragos, Bogart fustigaba que ya lo creo que s¡, que estos britones los deben tratar como una **** y, de remate, se llevan el petr¢leo; que c¢mo los aguantan; nosotros en los Estados Unidos hace casi doscientos a_os que los mandamos al infierno; que ahora no son nada sin nosotros. Y los meseritos, modositos y sonrientes, que s¡, que muy bien, muy bien, se_or.
Entretanto, los ingleses y los dignatarios locales manten¡an un desagradable y pesado silencio, cruzaban miradas de desconcierto, apuraban los vasos de whisky, fumaban nerviosos. Uno de ellos intent¢ cambiar el tema, pero Bogart insisti¢, se empe_aba en brindar con los meseros. Demandando trago para todo el mundo, proclam¢ que ‘l hab¡a nacido, crecido y que toda su vida hab¡a vivido en una democracia: La m s longeva, la m s grande que la tierra ha visto. Los presentes, alzando sus copas, intentaron aplacar a Bogart y, siguiendo su ejemplo, bebieron de un solo trago. En breve, estuvieron todos homog’neamente ebrios y ostensiblemente contentos, dando vivas al pa¡s, a Anc¢n, al petr¢leo, a la pen¡nsula, a Winston Churchill, a Franklin Delano Roosevelt. No obstante, pese al aparente jolgorio, los ingleses se sent¡an sobre ascuas. No estaban acostumbrados a esos roces, pr¢digos en franqueza y despliegues democratizantes. Una noche era m s que suficiente. Utilizando la menor oportunidad, uno a uno o en parejas, se escurr¡an a sus casas.
Viendo que los ingleses se hab¡an marchado, el protagonista de El tesoro de la Sierra Madre lanz¢ una mirada furibunda a los dignatarios locales, aull ndoles: «¥Largo tambi’n de aqu¡, lacayos!».
Una vez a solas con los meseritos, el gran Bogie empin¢ su vaso y brind¢ en espa_ol:
«Por nosotros».
Sorprendidos, los meseritos no dejaban de exclamar pero, m¡ster Bogart, si usted ha sabido hablar en cristiano, que ahora s¡ le entendemos, y que por qu’ se ha disgustado con su gente.
Bogart se defendi¢:
«Ustedes ser mi gente». Y, abarcando con un gesto su alrededor, a_adi¢: «Yo querer probar se_orita ecuatoriana».
En la gramola del Anc¢n Club «As Time Goes By» sonaba una vez m s, mientras los meseritos, sol¡citos y risue_os, repet¡an que s¡, que ellos conoc¡an varios lugares llenos de se_oritas y tambi’n de se_oras, muy cari_osas y complacientes… a cambio de unos cuantos sucres o, mejor aon, d¢lares.
Petronio Rafael Cevallos
De la novela De otros h’roes (Editorial Mambro: Nueva York, 1992).
