Sin embargo, tenía una carta bajo la manga: inauguraría la línea de vinos premium de su viña con la cepa carignan. El enólogo de Canepa había conocido el potencial del carignan al hacer su práctica como agrónomo en la sede del Inia en Cauquenes, a fines de los años 90. Para su fortuna, esa cepa no sólo estaba ausente de la inmensa oferta del grupo Concha y Toro, sino que las poquísimas botellas de ella existentes en el mercado estaba atrayendo un interés creciente de críticos y consumidores entendidos en el mundo.
Afincado por décadas en el tórrido secano costero de la Séptima Región, el carignan llegó como obrero a esa zona con el fin de mejorar el color y el cuerpo de la popular uva país. Fue así como desde los años cuarenta del siglo XX, su único destino fue ir a vinos baratos y masivos. Sin embargo, desde mediados de los noventa, en un giro del destino digno de un guión de teleserie mexicana, un puñado de enólogos, comandados por Pablo Morandé, descubrió que bajo su humilde ropaje se escondía todo un aristócrata.
Al elaborarlo con el mismo cuidado que cualquier otro vino con medianas pretensiones, saltó a la vista que su alta acidez le permitía un frescor pocas veces visto en un tinto en Chile. En tanto, sus taninos, aunque firmes, son finos y permiten beber una botella sin cansarse. Lo interesante no se queda ahí. Porque, cuando es tratado en forma gentil, es capaz de entregar aromas delicados, con presencia de guindas y notas florales, poco comunes en tintos de este lado del mundo.
Luego del rescate de Pablo Morandé, la posta del carignan la tomaron viñas con un perfil de pequeños volúmenes y de alta calidad, como De Martino, Odfjell y Gillmore. Eso, hasta que la decisión de Max Weinlaub de embotellar este año su propio carignan, trajo consigo la "bendición" de Concha y Toro, el mayor exportador de vino del país, al resurgimiento de la cepa en Chile. De golpe y porrazo, a partir de 2009, de ser marginal, la variedad se volverá parte del mainstream de la industria vinícola local.
A pesar de vivir en la tranquilidad del secano de la Región del Maule, Andrés Sánchez, enólogo de viña Gillmore, es un tipo que pierde la calma cuando se lo entrevista sobre la actual situación del carignan:
La idea de que esta cepa tiene un "cuento" distinto al resto de la industria vitícola chilena, queda clara al visitar un viñedo de carignan maulino. A contrapelo de las ordenadas hileras de parras, que es común ver en la zona central, esta cepa parece mucho menos glamurosa: pequeños arbustos que crecen casi a ras de tierra, con troncos añosos y una buena separación entre ellos. En términos técnicos, se trata del antiquísimo sistema de conducción conocido como "cabeza".
Según cuentan los maulinos, la cepa comenzó a extenderse en la zona que va entre Talca y Cauquenes, luego del terremoto de Chillán de 1939. El sismo destruyó la mayoría de las bodegas de la zona y como parte del esfuerzo de reconstrucción -que también incluyó crear la todavía vigente Cooperativa de Cauquenes- se potenció la introducción de cepas "mejoradoras" de la masiva cepa país. De hecho, es usual que en los campos las plantas de país y carignan estén intercaladas.
Para los productores, la ventaja de esta variedad era que en el sur de Francia y España – este último país donde se la conoce como cariñena- , había demostrado un alto volumen de producción en zonas cálidas y susceptibles a períodos de sequía. Al amparo de la cooperativa local, los viticultores cauqueninos, pudieron sobrevivir por décadas, eso sí, con un modelo de negocio que apuntaba a vinos baratos y retornos ídem.
Ni el boom de los años 80 y 90 del vino chileno, afincado en la zona central, perturbó el letargo del carignan. Por eso, hasta hace un par de años, era usual que esta uva se pagara al mismo precio de la país, es decir el menor valor de todas las que se producen en Chile. Precios entre 50 a 100 pesos por kilo a productor eran la norma. Sin embargo, su redescubrimiento comenzó a cambiar el panorama totalmente.
