Pero no se trataba de cualquiera, sino de un tipo que se alimenta específicamente del material que se busca degradar, en este caso de celulosa, grasa y aceite, convirtiéndolas en agua, oxígeno e hidrógeno, lo que le devuelve la permeabilidad a la tierra. "La tecnología de Bionetix nace de bacterias que se alimentan con lo que tú quieras que coman, petróleo o riles agrícolas, por ejemplo. Al principio, éstas logran digerir el 10% de los desechos, otras ni eso, hasta que se vuelven a multiplicar y son capaces de nutrirse con un mayor porcentaje de materia, así consiguen mutarlas y especializarlas en el consumo de un residuo específico. Eso es lo que hacen en Canadá, multiplican y especializan familias bacterianas para distintos propósitos", explica Max Grohnert, asesor agronómico de Biomax, empresa que crearon Astaburuaga y Mackenna.
Los dos amigos empezaron a traer las bacterias ya especializadas a Chile para procesar no sólo el contenido de los residuos de los pozos, sino también los de la leche, las viñas o frutas. La tecnología ya se usa en Irlanda, Italia y China. Si bien en el país ya se utilizaban bacterias para limpiar riles, su efectividad era mucho menor. La gracia es que con bacterias especializadas se multiplica la rapidez con que se hace el tratamiento. "La naturaleza tiene todas estas bacterias. Si siembro una familia natural autóctona en un residuo lácteo, por ejemplo, las bacterias lo van a digerir, pero a lo mejor en 2 años en vez de 30 días", explica Max Grohnert.
El modo de uso es simple. Las bacterias se ponen en la planta de tratamiento en el mismo envase en que vienen y al terminar de consumir los riles, mueren. Como son organismos vivos, se tienen que considerar las condiciones óptimas en que éstos se desarrollan, como temperatura y humedad. "Hay dos tipos de complejos bacterianos en el mercado. Los intervenidos genéticamente, con un tiempo de vida predeterminado, y los de Biomax, que no están intervenidos y que mueren cuando se les acaba el alimento o no tienen las condiciones ambientales apropiadas", señala Max Grohnert.
En Chile, Biomax además colabora con la búsqueda de bacterias que permitan solucionar nuevos problemas.
Pero sus bondades no terminan ahí. A mediados de los 90′, en Canadá, se trató de inventar una fórmula biológica que permitiera limpiar los campos colapsados de pesticidas. Se pretendía descomponer, mediante bacterias, los productos tóxicos que estaban en los suelos. No resultó, pero se descubrió un fertilizante que, además de ser orgánico, cuesta una décima parte.
"Contiene una bacteria que puede ser aplicada de forma foliar o en el agua de riego y que cuesta el 10% que los fertilizantes químicos. Además, un problema de las viñas orgánicas es que las parras se estacan, pero este producto lo elimina", señala Luis Mackenna.
Es un bioestimulante que aumenta el nivel de respiración y de actividad de la planta, por lo que ésta funciona a mayor velocidad y en mejores condiciones. "Contiene una serie de complejos orgánicos inoculados con una selección de familias de bacterias destinadas a la digestión de materia orgánica, que le entregan eficiencia a la planta; por ejemplo, en la absorción de nutrientes", explica Max Grohner.
Esto se traduciría en que quienes usen agroquímicos tradicionales, necesitan menos producto para los mismos resultados, lo que implica menos contaminación y ahorro en insumos.
