Cuando un incendio elimina la vegetación, el terreno pierde buena parte de la protección que amortiguaba el impacto de la lluvia. El paisaje puede dejar al descubierto antiguas terrazas o muros de piedra seca, pero también un suelo expuesto que, bajo precipitaciones intensas, corre el riesgo de perder su capa más fértil. Según explica el CREAF, las consecuencias van más allá del arrastre de tierra: la erosión puede llevarse semillas necesarias para regenerar el bosque, perjudicar a los organismos que viven en el suelo y trasladar sedimentos y nutrientes a ríos y embalses.
La llegada del agua no garantiza, por tanto, la recuperación de una zona quemada. Las gotas golpean directamente el terreno, desagregan sus partículas y reducen su porosidad, mientras que el agua que no consigue infiltrarse circula por la superficie en forma de escorrentía. Si el incendio ha alcanzado temperaturas muy elevadas, el calor puede alterar las propiedades del suelo y generar una capa hidrófoba, que repele el agua y dificulta aún más su entrada. En las pendientes pronunciadas, esa corriente superficial adquiere mayor velocidad y capacidad de arrastre.
Lo que se pierde es, sobre todo, la capa superficial, rica en materia orgánica y nutrientes, donde también se acumulan cenizas. Al desaparecer, disminuyen la fertilidad y la capacidad del terreno para retener agua y nutrientes; hongos, bacterias e invertebrados pierden parte de su hábitat y las plantas, el sustrato en el que arraigan y se alimentan. La erosión compromete así las condiciones que necesita el ecosistema para recuperarse, incluso cuando quedan semillas capaces de germinar después del fuego.
Las jaras (Cistus spp.), por ejemplo, pueden regenerarse a partir de semillas enterradas que el agua acaba desplazando. También pueden ser arrastrados los piñones que, durante el incendio, han salido de las piñas y quedado depositados en la superficie.
Proteger el suelo antes de las lluvias
La primera intervención debe partir de un diagnóstico del estado del bosque y del terreno. Esta evaluación, que normalmente realiza la Administración, permite localizar las áreas más vulnerables según las características del suelo, la orografía y la severidad del incendio. El CREAF insiste en actuar con rapidez cuando se detecte riesgo de erosión, siempre que sea posible antes de las lluvias, pero con una planificación que evite agravar el daño. Durante la denominada fase de emergencia, correspondiente al primer año después del fuego, introducir maquinaria pesada o permitir el pastoreo inmediato puede perjudicar un terreno especialmente frágil.
La prioridad son las pendientes y las zonas más afectadas. El objetivo de las actuaciones es conservar el suelo y facilitar la recuperación del ecosistema, lo que no implica retirar de manera generalizada todo lo que ha dejado el incendio. Las cenizas contienen sales minerales y nutrientes procedentes de la vegetación quemada, entre ellos calcio, potasio, magnesio, fósforo y oligoelementos, que pueden aprovechar las primeras plantas de la regeneración. El nitrógeno también puede contribuir, aunque en menor medida y a corto plazo, porque se pierde rápidamente durante la combustión. Las hojas y acículas parcialmente quemadas, por su parte, forman una cubierta que amortigua el golpe de las gotas y frena la escorrentía.
Por eso, remover el suelo quemado no es una medida recomendable por defecto.
Una de las técnicas utilizadas para protegerlo es el acolchado, también conocido como mulching: se distribuyen paja, astillas u otros materiales vegetales de la zona para cubrir la superficie y reducir el arrastre de sus capas superiores. La madera quemada puede cumplir otra función protectora. Cuando sea necesario talar árboles, sus troncos y restos de copa pueden colocarse en las pendientes formando fajinas, pequeñas barreras que ralentizan el agua y retienen sedimentos. A estas estructuras pueden añadirse diques o muros de piedra seca.
La retirada de árboles debe atender también a la seguridad, ya que los ejemplares muy dañados pueden romperse y caer en lugares frecuentados. Sin embargo, conservar y aprovechar parte de la madera quemada aporta beneficios para la restauración: durante su descomposición libera nutrientes, genera un microclima favorable para las plántulas, las protege de los herbívoros y ofrece refugio a animales dispersores de semillas. El documento del CREAF vincula estas funciones con una recuperación más rápida del bosque y de su capacidad para capturar carbono, y remite a un trabajo sobre el papel de la madera quemada.
La respuesta debe ajustarse a cada terreno. Según explica el centro, los suelos limosos o arcillosos compactados y pobres en materia orgánica dificultan la infiltración, mientras que los arenosos y los arcillosos con buen contenido orgánico pueden disponer de espacios porosos que favorecen la entrada y retención del agua. La pendiente añade otro factor: cuanto más rápido circula la escorrentía, mayor es su capacidad para abrir surcos, cárcavas o pequeños barrancos. A ello se suma la severidad del fuego, que puede consumir tanto la vegetación como la capa de restos orgánicos que protegía el suelo.
Un impacto que alcanza a ríos, embalses y clima
El material arrastrado no permanece necesariamente dentro de la superficie incendiada. Las cuencas hidrográficas conectan el bosque con otros espacios, por lo que el suelo y las cenizas pueden alcanzar cursos de agua alejados, aumentar su turbidez y alterar su calidad. Una entrada masiva de nutrientes puede favorecer la eutrofización, un proceso de proliferación excesiva de algas que reduce el oxígeno disponible para otros organismos. La acumulación progresiva de sedimentos también contribuye a la colmatación de ríos y embalses, disminuyendo su profundidad y su capacidad para almacenar agua.
La combinación de incendios y precipitaciones extremas es precisamente el riesgo que analiza un estudio del CREAF y el Centro de Ciencia y Tecnología Forestal de Cataluña (CTFC), difundido en 2020. La información publicada por el centro sitúa el posible aumento de la pérdida de suelo en un 150 % en los años en que coincidan grandes incendios y lluvias torrenciales. Sus proyecciones simularon la pérdida anual en Cataluña entre 2011 y 2050 bajo seis escenarios que combinaban cambios climáticos y distintas políticas de control de incendios. Se trata, por tanto, de un riesgo asociado a la coincidencia de episodios extremos, no de un incremento uniforme para todos los años. CREAF
El CREAF advierte también de las consecuencias climáticas de esa degradación. Un suelo erosionado pierde capacidad para almacenar carbono y puede liberar parte del que contenía en forma de CO₂, pasando de actuar como almacén a convertirse en una fuente de emisiones. Ese proceso puede alimentar una retroalimentación: más emisiones favorecen un clima más cálido y extremo que, a su vez, incrementa el riesgo de incendios y fenómenos meteorológicos intensos. El centro relaciona esta vulnerabilidad con la mayor frecuencia e intensidad de los grandes incendios forestales.
Restaurar el terreno y conservar su carácter forestal
En Cataluña, el proyecto RESTARC, desarrollado conjuntamente con la Agencia de Residuos de Cataluña, promueve el uso de enmiendas y residuos orgánicos para restaurar suelos degradados. Según la nota del CREAF, se está planteando una prueba piloto de aplicación de enmiendas orgánicas en La Pobla de Claramunt, una de las zonas afectadas por los incendios de este verano.
El centro ha trabajado asimismo en proyectos que combinan espacios forestales y agrícolas para formar paisajes en mosaico, con zonas abiertas que funcionen como cortafuegos naturales y prácticas que favorezcan la cubierta herbácea y los cultivos leñosos. Entre ellos figura The Green Link, que actuó en terrenos de Òdena quemados en 2015 mediante la técnica Cocoon para plantar olivos y encinas. Estas experiencias de restauración deben distinguirse de una autorización general para cambiar el uso de cualquier terreno incendiado.
El artículo 50 de la Ley de Montes establece la prohibición de cambiar el uso forestal durante al menos 30 años y de desarrollar actividades incompatibles con la regeneración de la cubierta vegetal durante el periodo que determine la legislación autonómica. La norma contempla excepciones sujetas a condiciones específicas, como determinados cambios previstos antes del incendio o razones imperiosas de interés público apreciadas mediante ley; la voluntad de crear un paisaje más resistente al fuego no constituye por sí sola una excepción general. boe.es
Las actuaciones de restauración y los aprovechamientos forestales deben ser compatibles con la recuperación y ajustarse a la regulación vigente. El uso recreativo puede restringirse temporalmente por seguridad, mientras que el pastoreo puede limitarse o autorizarse posteriormente según la normativa autonómica y las necesidades de regeneración del suelo y la vegetación.
Los árboles pueden recuperarse antes que el suelo
Los bosques mediterráneos cuentan con especies adaptadas a convivir con el fuego. Como recoge el CREAF en su información sobre la recuperación después de un incendio, las encinas pueden rebrotar desde las raíces o la cepa pocas semanas después, mientras que el pino carrasco conserva semillas protegidas en las piñas de sus copas que se dispersan y germinan tras el fuego. Pasados algunos años, y una vez aplicadas las medidas contra la erosión, pueden plantearse actuaciones como la selección de rebrotes, las claras selectivas en masas jóvenes o las repoblaciones cuando la regeneración natural resulte insuficiente.
El suelo requiere plazos mucho más largos. La nota cita como referencia un tiempo aproximado de 100 años para formar un centímetro, aunque el proceso puede prolongarse hasta 1.000 años o más dependiendo del clima, la roca y las características del terreno. Las rocas blandas en ambientes húmedos y templados favorecen una formación más rápida; los materiales duros y los climas áridos o fríos pueden ralentizarla considerablemente.
La recuperación del bosque tampoco está garantizada: depende de la severidad del incendio y de las condiciones posteriores. Las sequías más frecuentes, las temperaturas elevadas y las lluvias torrenciales aumentan el riesgo de que un terreno degradado siga perdiéndose antes de regenerarse. Protegerlo desde las primeras fases permite conservar el sustrato del que depende la vuelta de la vegetación.
Artículo redactado con asistencia de IA (Ref. APA: OpenAI. (2026). ChatGPT (5 de octubre)).
